Fernando Centeno Chiong
Me sorprendió en días recientes una encuesta realizada por el suplemento de un diario nacional sobre cómo desearían los estudiantes que fueran sus profesores a propósito del pasado y casi desapercibido Día del Maestro.
Las respuestas que esperaba encontrar era que sus profesores fueran como Andrés Bello, Unamuno, Paulo Freire, Sarmiento. O para ser más moderno como Bill Gates, Steve Job, o Mark Zuckerberg héroes de la tecnología e iconos para las nuevas generaciones o si hubiera alguno que estudiara la historia nacional, que mencionara a Emmanuel Mongalo, Josefa Toledo, el hermano Benito y otros que han marcado épocas en la educación de este país.
Pero mi sorpresa, y no debería quizás sorprenderme por el país en que vivimos, es que los encuestados querían que sus profesores fueran como Neymar, Cristiano, Ricky Martin, Shakira, Jenifer López. Solo faltaba que alguien los prefirieran como Justin Bieber o alguno de los controversiales Ricardo Mayorga, “Chocolatito” o de los humoristas criollos que ahora abundan en las redes sociales.
Estamos viviendo una de las crisis de antivalores más graves y decepcionantes de las últimas décadas y en las cual desafortunadamente ha sido cómplice la propaganda mediática impulsada por elementos noveles del periodismo en lo que en su tiempo Gabriel García Márquez llamó “el mejor oficio del mundo”.
En ese mismo suplemento también encontré un reportaje sobre los jóvenes que ejercitan sus músculos para hacer presentaciones de “Strippers” y a cuyos locales acuden asiduamente jóvenes universitarias y profesionales a departir el espectáculo.
Se darán cuenta los padres y madres en que espacios se divierten sus hijas ¿y cuáles pueden ser los resultados?
A esta crisis de valores no solo se incluyen medios escritos, sino televisivos, radiales o en la web que promueven concursos, modelajes, programas, y otros tipos de entretenimiento que contravienen las más simples normas de moral y valores cristianos.
En el peligro de ser calificado como puritano, arcaico, de pensamiento obsoleto y comentarista ridículo, debo advertir que estamos cayendo en una vorágine de donde será difícil rescatar a tiempo a una generación si no asumimos actitudes de parte de la familia, los maestros y la sociedad en su conjunto.
Buscar sus causas en la corrupción, la falta de institucionalidad, la violación a los derechos humanos, la manipulación de los símbolos cristianos, la hipocresía, la falta de compromiso y responsabilidad de los padres de familia, la migración que lleva a la desintegración familiar, la influencia de los medios, la pobreza, el engaño, etc., abona, pero no ayuda a resolver el problema que cada día se profundiza más en una sociedad que ha caído en la desesperanza y la frustración ante la ausencia de liderazgos .
Bien decían nuestros obispos en su documento En la búsqueda de nuevos horizontes para una Nicaragua mejor, que la familia “es la célula original de la vida social (…), primera escuela de vida en la que se transmiten y viven las verdades de la fe y los grandes valores humanos y cívicos que constituyen el fundamento de la convivencia social”.
Mientras la familia nicaragüense mantenga una actitud de complacencia, tolerancia, y permisividad ante la crisis social y política que nos aqueja, solo nos queda seguir leyendo o escuchando respuestas de jóvenes, como las mencionadas al inicio de este artículo y esperar con resignación lo que esté por llegar.
El autor es abogado, periodista y docente universitario.