En palabras bíblicas, estoy triste hasta la muerte. Hace un mes, estando en Nicaragua con mi esposa Coralía, nuestra primera visita fue a Emilio. Nos recibió en su hábitat de los últimos veinte años, el recogido pórtico de su casa-quinta, que conocieron tantos amigos suyos: intelectuales, políticos, diplomáticos, empresarios, filósofos, periodistas ansiosos por escuchar el pensamiento del maestro por antonomasia. Del hombre que fue Médico de Vocación y Aficionado en Política , como humildemente titulara su último y apasionado libro, que recogiera las memorias de un hombre que nos legara el preciado don de su honestidad, de su humana verticalidad, de su fortaleza para enfrentar las tragedias personales, de su entrega al estudio y al trabajo, de su acendrada pasión por nuestra patria que le dolió tanto porque tanto la quiso.
Conocí a Emilio, vecino del barrio Candelaria de Managua. Ni los once años que nos separaban, ni sus estudios y los míos en el extranjero, fueron obstáculos para conservar a lo largo de la vida el afecto y la amistad mutuos; y de mi parte, el respeto, la admiración y el afán de imitarle en esa hermosa trayectoria de su existencia. En una ocasión, logramos estar más cerca que nunca. Yo era Fiscal en el juicio que conociera del atentado contra Somoza García. Emilio fue de los primeros en ser arrojados en las mazmorras de la dictadura. Él fue una de las cincuenta o sesenta personas escogidas por los herederos para hacer de ellos víctimas inocentes de su venganza. Mi obligación era interrogarle, procurando su culpabilidad. Me adelanté. Con su esposa Carmen, le mandé la declaración de otro de los acusados, para que leyéndola, la confirmara al momento de mi interpelación. Justo y generoso, como fue siempre, escribió esa anécdota, pidiéndome la publicase en mi libro alusivo a aquellas circunstancias.
Emilio fue un profundo pensador y analista político y social. Su obra cumbre, Cultura Política Nicaragüense , es un grito de alerta en que el autor, esculcando en las raíces de nuestros orígenes étnicos y culturales, nos lleva de la mano desnudando nuestras faltas y errores, y la esencia misma del alma de un pueblo que no encuentra su camino, atado a un subdesarrollo sistémico que le ahoga y envilece. En la introducción a sus memorias, deja caer todavía gotas de amargura sobre su nostalgia de una Nicaragua que nunca fue posible. El libro revoloteaba en su cabeza, pero su humildad lo contenía para escribirlo. Él mismo nos lo cuenta: “En esas cavilaciones estaba una tarde cuando me visitó mi amigo Raúl Amador Torres, comunicándome su interés en publicar lo que hubiese recogido en mi práctica profesional, y mis incursiones en política. El texto sería publicado por el Fondo de Promoción Cultural Agustín Torres Lazo, organismo adscrito a la prestigiada empresa Invercasa. Lo cierto es que la proposición de Raúl me dio el empujón final que necesitaba”.
Poco antes de mi regreso, Raúl y yo le visitamos en el hospital. Aún enfermo quiso saber lo que pensábamos sobre asuntos puntuales del día. Tratamos de animarle con un par de chistes que le hicieron reír. Nos despedimos con un beso en la frente. Al día siguiente regresé solo, para darle uno de mis libros que le había prestado a un amigo que no se lo devolvió. Ya en casa, le llamé por Skype, su fiel enfermera María Mercedes dijo que estaba durmiendo. Al día siguiente me llamó él. Temblaban sus manos y su voz era lerda, arrastrada. Me preguntó por mi nuevo libro y se despidió porque no podía hablar demasiado. Yo le dije: adiós hermano. Di vuelta a mi sillón y le dije a Coralía: Emilio se nos muere. Pocas horas después se iba en paz. El autor es abogado, historiador y escritor
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