César Augusto Amador Kühl fue una luminaria en la oscuridad, bálsamo sanador de heridas, ceiba que dio sombra a los nicaragüenses afligidos por falta de salud, por la angustia de guerras, dictadores, terremotos y huracanes. Pares suyos en la práctica del humanismo fueron Sor María Romero y Pablo Antonio Cuadra, quienes sirvieron y exaltaron a los humildes.
Tercero en la fila de ocho hermanos, César Amador Kühl nació en la humildad de una hacienda, San Rafael, en San Ramón, Matagalpa, el 13 de septiembre de 1925, en el hogar de Francisco Amador Pineda y Mariquita Kühl. Sus hermanos: Salvador (q.e.p.d.); Frank (q.e.p.d.); Arnoldo (q.e.p.d.); Raúl; Mario (q.e.p.d.); Oscarcito, fallecido en la niñez; y Gladys María, todos Amador Kühl. Los siete más tarde adultos fueron el gran capital humano que forjó el padre y la corona más preciada para la reina del hogar, doña Mariquita.
De niño, César, creció en su hogar, alternando con el de los abuelos paternos y maternos cuando estudiaba. Los valores aprendidos de sus padres fueron la honestidad, la generosidad y la constante disposición de servir a sus semejantes. Al final de sus años, César recordaría que lo aprendido de sus padres es lo que enseñó con esmero a sus hijos.
En Matagalpa, aquel que fue bendecido por las curaciones de sus manos prodigiosas, estudió sus primeras letras en el Colegio Santa Teresita; primaria y cuatro años de secundaria en el Colegio San Luis. El quinto año en el Colegio Centro América de Granada. Aquel año de su bachillerato, diciembre de 1943, el padre Bernardo Ponsol, S.I., rector del colegio, lo describió en una breve nota, “Muchacho extraordinario por la feliz reunión de tantas cualidades: piadoso, inteligente, estudioso, muy respetuoso, espléndido compañero, servicial. Es difícil encontrar algo que se le pueda tachar”.
La cualidad de excelente lo acompañaría siempre: en sus estudios universitarios, de posgrado y en el ejercicio profesional. En Nicaragua, en los años sesenta y setenta, realizó las operaciones de columna y cerebro que devolvieron la vida a personas que sin su sabiduría y cuidados especiales habrían llevado el luto y dolor a sus familias. En ocasiones, hasta expuso su propia vida para ir a rescatar a pacientes fuera de Managua. La mayoría de sus operaciones las realizó en hospitales públicos en beneficio de los más desposeídos del país. Una vez fue ministro de Salud. Durante una breve estadía en esa cartera, construyó nuevos hospitales, mejoró los salarios de los servidores de la salud y llevó masivamente las vacunas preventivas de las enfermedades endémicas de la niñez.
Vivió con mucha dignidad y humildad. Trató siempre con afecto a sus pacientes, sin hacer diferencias por razones de orden económico, políticos o credo religioso. No solo ofreció sus conocimientos y su excelente disponibilidad de servicio profesional, también puso, de manera gratuita, su instrumental quirúrgico que, cuando inició su servicio, los hospitales del país no los tenían. Y cuando los pacientes carecían de la capacidad para adquirir un medicamento, si estaba a su alcance, siempre se los proporcionó, aunque fuera de su propio bolsillo.
Ahora las familias Amador Kühl, Amador Molina, Amador Recalde, Amador Torres, el resto de la familia, así como el país entero, ha perdido importante centro de gravedad, pues el doctor César Augusto Amador Kühl unía, aconsejaba e infundía optimismo a todos. Ojalá que siempre sea luminaria y ejemplo para guiar nuestros pasos en la dificultad y en la prosperidad. Que el Señor premie sus virtudes, mientras elevamos nuestros sentimientos de gratitud, por su amistad, que fue como un regalo celeste. El autor es académico de la lengua
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