Me llamó Lucía para que viera al sobrino del Che Guevara, que lo tenía Oscar Haza en la tele, y fui con cierta reticencia pues me tira poco cualquier fulano con semejante parentesco. Pero la verdad sea dicha, me encantó oírlo. Bueno, me encantó lo que dijo respecto a dos categorías sustantivas para la humanidad. Explicó que, siendo un niñato, después de llegar de Argentina y viviendo en el Habana Libre (esto es, el Havana Hilton robado por los comuñangas), donde lo habían hospedado por ser sobrino del asesino asmático y donde se pegaba la vida padre, cada mañana desayunaba huevos fritos con jamón, aparte el jugo de frutas, la leche, el café, la mantequilla, la miel y el resto de boberías.
Ahora mismo basta mirarlo para darse cuenta de que este muchacho no es un levantador de pesas, un lanzador de martillo ni cosa que se le parezca y nunca fue un comelón. De manera que consumía sus huevos fritos, se tomaba su leche y si acaso picaba algo más, pero el jamón lo reservaba para media mañana en la escuela, cuando las tripas le protestaran un poco. Así que cada día le pedía al camarero dos rodajas de pan y un cartucho y, cuando se los traían, emparedaba con el pan el jamón, lo envolvía en una servilleta de papel, lo metía en el cartucho y se iba a escuchar a maestros y maestras que no cesaban de hacerse lenguas sobre las heroicidades de su tío. Hasta que llegaba el recreo, que es cuando el hambre le producía una penita y empezaba el malestar de los demás.
No es que ardiera Troya ni se formaran conatos de rebelión sino que era como un mar de fondo que alcanzaba al alumnado entero, hasta los que estaban en otros niveles de enseñanza, y viajaba a sus respectivas casas y retornaba en forma de preguntas muy soterradas, ustedes saben, pero protestonas al fin y al cabo, que debían manejarse con tacto, ya me entienden, aunque llegaron a donde tenían que llegar. Y fue así como a Martín Guevara, al fin y al cabo un chaval de 13 o 14 años, vinieron a buscarlo unos señores con caras de pocos amigos, aunque de cuello y corbata y con sonrisas forzadas, y lo trasladaron a un lugar impresionante donde fue recibido con simpatía y se le explicó la necesidad de que modificara su rutina. Tu tío —le reiteraron una y otra vez— es el revolucionario más reverenciado por todos los cubanos. Todos los cubanos queremos que nuestros niños sean como el Che. Porque el Che luchó y entregó su preciosa vida para que todos los seres humanos fuéramos iguales.
Sin embargo, los ataques del imperialismo no han cesado y hay algunos aspectos de la igualdad que todavía no hemos podido acometer… Eso se lo estuvieron repitiendo hasta que comprendió. Y comprendió que no debía llevar cada día al colegio una merienda de pan con jamón. Comprendió, sin habérsela leído todavía, La rebelión en la granja de George Orwell, donde todos los animales eran iguales gracias a la revolución, hasta que los cerdos en el poder determinaron que algunos animales eran más iguales que otros. Comprendió que el malestar escolar lo producía el que aquellos niños, aunque hijos de papá todos, no hubieran visto en su vida no ya un jamón, siquiera una lasquita de jamón. Comprendió que los “cubaniches” nuevos, tras tantísimos años de revolución, no sabían qué es una langosta, un camarón, un filete miñón. Y comprendió, una pena que le dura, que la revolución expulsó del léxico cubano dos palabras que continúan excomulgadas hoy: jamón y libertad.
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El autor es analista político.
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