“Alza tu voz, no el nivel del mar”, fue la inocua consigna de Naciones Unidas (ONU) para el Día Mundial del Ambiente, que se celebró este año en Barbados. Mientras la ONU adorna al mundo con su viejo festón verde apestoso a naftalina, una tragedia ecológica de proporciones subcontinentales se lleva a cabo en Nicaragua: Bosawas, el tesoro forestal regional, continúa su acelerada ruina bajo la insaciable codicia de la corrupción política.
Como Duvalier en Haití, Daniel Ortega travistió la Constitución en un espantajo a la medida de su tiranía. La corrupción política no respeta la ley, ni la naturaleza, no se rige por la ciencia, ni valora la milenaria sabiduría de los pueblos indígenas. No importan las mentiras oficiales, el Gobierno continúa coimeando la tala de miles de hectáreas en la reserva, mientras las comunidades mayangnas —sus legítimos dueños— ni siquiera pueden aprovechar la madera tumbada por los huracanes.
El despojo ambiental es una política de Estado en Nicaragua, abarca zonas costeras, mineras y tierras con valor turístico o productivo. Un cayo misquito en la Costa Caribe por ejemplo, cuesta en el mercado de la corruptela gubernamental hasta 3.5 millones de dólares. The Living Documents es un documental sobre el tema, también narra el homicidio impune del profesor Frank García en Bluefields. García era esposo de María Luisa Acosta y fue asesinado mientras ella defendía los derechos de los indígenas del Caribe.
Los impactos visibles sobre Bosawas (talas y quemas) producen daños sutiles e irreversibles imposibles de medir con el método Ecological Print. Un ejemplo son las isletas verdes entre los espacios calcinados. Los hoyos dentro del bosque, no solo lo vuelven vulnerable a los fenómenos meteorológicos, sino además condenan a la extinción a especies vegetales que ni siquiera conocemos. Las especies forestales dependen de un polinizador, cuando el radio de la tala es mayor al del agente polinizador estas ya no pueden reproducirse.
Bosawas debería aparecer permanentemente en el radar de la ONU, ya que su desaparición traería terribles consecuencias para la vida en la región. Sus tres millones de hectáreas que se extienden hasta la cuenca del Río Plátano y la Sierra Agalta en Honduras, conforman el corazón del bosque mesoamericano. Es el corredor biológico entre el norte y el sur, una franja cada año menos verde de más setecientos mil km² que cruza desde México hasta Panamá y que entre otras maravillas podría contener hasta un 12 por ciento de la diversidad biológica del planeta.
Nicaragua en la “estrategia” orteguista, que no es ecológicamente sostenible, seguirá siendo un país rico con millones de pobres aplastados por la ignorancia y cuatro millonarios sentados sobre la cima de sus miserables privilegios. Si la riqueza de nuestros recursos naturales se utilizara para el bien común, no solo quedarían satisfechas las necesidades básicas de la población sino además su máximo bienestar.
Si no queremos terminar como Haití, los nicaragüenses necesitamos sacudirnos del dogma comunista y la antipolítica. Si queremos tener país y borrar el fracaso al que ha sido condenado nuestro pueblo por más de doscientos años de demagogia, con empresarios ruines o tiranos como Somoza y Ortega, necesitamos luchar y sacar adelante la democracia ahora.
Es ridículo hablar de patria, de una sociedad justa o del futuro, si ni siquiera somos capaces de defender un presente democrático. El escritor Ivan Klima, sobreviviente de los nazis lo explica mejor: “No es posible asegurar el futuro, solo es posible perder el presente”. El autor es psicólogo.
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