Francisco Xavier Aguirre Sacasa

El inicio del final

Hace exactamente un siglo el heredero al trono del Imperio Austro-Húngaro, el archiduque Francisco Fernando de Habsburgo, fue asesinado en Sarajevo por un nacionalista serbo que pertenecía a una sociedad secreta cuyo objetivo era unificar a los eslavos de los Balcanes en un solo país liderado por Serbia. El obstáculo más grande para estos nacionalistas era Austria-Hungría que tenía bajo su dominio a millones de eslavos y buscaba como extender su territorio en los Balcanes en donde otro imperio, el Otomano, estaba en franco repliegue. Austria-Hungría veía hacia el sur porque había perdido espacios en sus tradicionales campos de acción: los reinos y principados de Alemania —después de su derrota en la guerra Austro-Prusiana de 1866 y la unificación de Alemania en 1871 en un Imperio liderado por Prusia— y en Italia con la unificación de esa península en 1870.

El asesinato del archiduque fue la chispa que detonó el conflicto más cruento hasta ese momento en la historia. Austria-Hungría culpó a Serbia del asesinato de Francisco Fernando y le declaró la guerra a Serbia. Rusia, en ese entonces otro imperio también venido a menos por una humillante derrota a manos del Japón en 1904 y sacudida por conflictos internos, salió a la defensa de Serbia. Y Alemania, el país más poderoso militar y económicamente del continente, respaldó incondicionalmente a Austria-Hungría. En cuestión de semanas, las otras potencias de Europa —unidas en una red de alianzas— movilizaron a sus ejércitos y entraron al conflicto. Francia y Gran Bretaña se unieron a Rusia y se enfrentaron a Alemania. Y el Imperio Otomano, conocido despectivamente como “el hombre enfermo de Europa” por sus debilidades, se unió a Alemania y Austria-Hungría.

Así comenzó lo que ahora llamamos la Primera Guerra Mundial pero que en ese entonces se llamaba la “Gran Guerra”. Cuatro años más tarde, la utilización de armas modernas —como el avión, tanques, submarinos, armas químicas y ametralladoras— dejó un espeluznante saldo de más de diez millones de soldados muertos y millones de heridos. Aunque las bajas civiles fueron insignificantes, el enorme costo en sangre y tesoro dejó a Europa agotada.

El centenario del comienzo de la Primera Guerra Mundial es el evento histórico más significativo de este año. Varios historiadores europeos y norteamericanos han lanzado libros al mercado describiendo la guerra. Han enfocado, principalmente, sus causas y quién era el principal culpable de semejante desastre. Casi todos, también, han concluido que lejos de ser la “guerra para terminar todas las guerras” —a como también se le llamó al conflicto— sembró las semillas para la Segunda Guerra Mundial al firmarse el Tratado de Versailles, que lo cerró. En ese sentido, la Gran Guerra creó las condiciones para la Segunda Guerra Mundial que estalló 21 años más tarde.

Todas estas interpretaciones son interesantes. Pero para mí, lo trascendental de este conflicto, cuyo detonante fue el asesinato del archiduque, es que fue una guerra civil europea y hasta una pugna familiar ya que el rey de Gran Bretaña y los emperadores de Alemania y Rusia eran primos hermanos por sus lazos con la reina Victoria de Inglaterra. Pero aún más importante es que fue el inicio del final del antiguo orden de imperios monárquicos, de gobiernos aristocráticos y del mundo eurocéntrico que comenzó con el renacimiento del siglo XV. Este antiguo orden coincidió con la adquisición por parte de Europa de vastos territorios en nuevos mundos, como América. Durante los cuatro siglos antes de 1914, Europa alcanzó una posición hegemónica militar, económicamente y hasta cultural en todo el planeta.

Con el asesinato de Francisco Fernando y la Gran Guerra que desató, el mundo eurocéntrico comenzó a desmoronarse. Con ella desaparecieron los imperios de Rusia, Alemania, Austria-Hungría y Turquía. Y los Estados Unidos emergió como la gran potencia in fieri mundial. Esto a pesar de entrar al conflicto al final, pero en tiempo para inclinar el fiel de la balanza a favor de Gran Bretaña y Francia en un momento en que las potencias europeas estaban agotadas.

Nadie personalizó tanto al antiguo orden como el emperador Francisco José de Austria-Hungría. Llegó al poder joven en 1848, cuando revoluciones liberales que sacudieron a Europa pusieron en peligro al venerable imperio Habsburgo. Francisco José, cuyos antepasados incluían Emperadores Sacro Romanos desde el Siglo XIII, era un tradicionalista. Y durante sus 68 años en el trono, se apegó al pasado y resistió el cambio. No vaciló, por ejemplo, en ser el último monarca europeo en ejercer el derecho al veto en el Conclave de 1903 que finalmente eligió papa a Pío X y no el vetado cardenal Rampolla. Y despreciaba a su sobrino, Francisco Fernando, porque este no se había casado con una mujer con sangre real. Por eso hasta sintió alivio cuando Francisco Fernando fue asesinado.

Aunque en papel su imperio parecía ser impresionante, con más de 50 millones de habitantes en el centro de Europa, tenía grandes fisuras. Era económicamente retrasado y multiétnico con un gran número de polacos, checos, croatas y otros eslavos que resentían el dominio de los austriacos y sus socios, los húngaros. Viena, su capital, brillaba como centro cultural y político durante la era conocida como la “belle epoque” (la segunda mitad del siglo XIX). Pero en el fondo Austria-Hungría, al igual que su emperador, estaba viviendo su ocaso. Era débil y un anacronismo. Y desapareció tan solo dos años después del fallecimiento de Francisco José en 1916. El autor fue Embajador de Nicaragua en Estados Unidos.

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