La humanidad en este planeta tiene más de una década de transitar sobre el siglo XXI, sin embargo en Nicaragua— en algunos aspectos de los asuntos viales— todavía se marcha según estándares de mediados del siglo XX. Increíble, pero cierto.
Hay muchos ejemplos que podrían ilustrar esta aseveración, pero concentrémonos por ahora en el problema peatonal. En este caso, es insólito que a estas alturas de la civilización planetaria al peatón no se le garantice el derecho a cruzar una calle.
La lógica de las vías de tránsito es que el peatón debería tener derecho indiscutible a atravesar una vía en las intersecciones (esquinas de calles), pero si allí no hay semáforo no hay manera que los vehículos le concedan ese derecho. Por su parte, los peatones a su vez deben estar enterados que no tienen ningún derecho a exponerse cruzando la calle en otra sección de la vía.
No obstante, cuando el cruce no es una esquina, aunque el paso peatonal esté marcado con las rayas blancas de rigor, casi ningún vehículo se detiene para darle paso al peatón que camina sobre esas rayas, sino que más bien los conductores de vehículos aceleran la velocidad, les pitan a los valientes peatones y hasta los insultan. Parece mentira que sea conducta ciudadana de este nuevo siglo.
En este caso, el peatón que hace uso de esa zona trazada en el pavimento tiene que esquivar el tráfico procedente de ambas direcciones, como si esa señalización no existiera. Entonces, ¿para qué se dibujan esas señales de tránsito? ¿Lo sabrán los conductores? Además, los peatones deben de saberlo, para exigir respeto a sus derechos ciudadanos.
Bien pregona una entidad de la sociedad civil: “Derecho que no se defiende es derecho que se pierde”. En mi caso particular, cuando voy a media calle —cruzando sobre ese espacio señalizado— me veo en la necesidad de detenerme y reclamarle visiblemente a los vehículos que pasan raudos, indicándoles con las manos que tengo derecho a cruzar y que ellos tienen el deber de detenerse para dejarme pasar. La última vez éramos tres los que frenéticamente reclamábamos nuestro derecho en esa forma.
También se pueden mencionar los puentes peatonales. Pareciera que se erigieron como adornos, pues los transeúntes que los utilizan son un número insignificante, en comparación con los que con actitud temeraria se arriesgan a atravesar la calle en medio del tráfico.
En este sentido, hace casi siete décadas yo llegué a estudiar a San Francisco, California. En una de las calles de acceso a una de las escuelas secundarias en la que estudié ya existía un paso peatonal subterráneo para cruzar la calle. La mayoría de los muchachos de aquel tiempo utilizábamos ese corto túnel, y eso que era una calle secundaria, en la que el tráfico que circulaba no era copioso.
A través del tiempo —de diferente manera y en distintos medios de comunicación— se han detallado muchas de estas deficiencias en múltiples ocasiones. No obstante, todo sigue igual. ¿Existirá algún interés de alguien, en alguna parte, de alguna forma, para modernizar los asuntos viales en este país? ¿Hay alguien allí? Lo que se nota es la propensión a aumentar las multas de tráfico y su monto, pero lo que realmente hace falta es una seria educación vial, dirigida no solo a los conductores de vehículos motorizados, sino que a toda la ciudadanía, la cual debería comenzar desde el prescolar.
El autor fue sindicalista cristiano
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