“Sean creativos”, nos decía —en 1981— nuestro profesor de economía al asignarnos la elaboración de un reporte académico acerca de los obstáculos al desarrollo de las economías latinoamericanas; nuestras sugerencias para combatir dichas obstrucciones y para promover el progreso económico. “Sean creativos”, insistía, “exploren todas las posibilidades imaginables”. Él nos estimulaba a reflexionar fuera de lo tradicional. Si pensábamos que el mayor problema era la falta de justicia, el caudillismo, la concentración de capital, la falta de libres mercados, la magnitud del sector informal, la discriminación racial, etc., así lo deberíamos exponer.
Y si las condiciones se consideraban extremas, como para proponer el hacer desaparecer físicamente a las masas desempleadas, a los jueces o a los caudillos, así lo habríamos de presentar; siempre y cuando lo planteáramos “lógicamente”, justificando nuestros argumentos de forma que —en teoría— despejaran el camino para la implementación efectiva de normas económicas, políticas y sociales que —a su vez— hicieran posible el eventual impulso de esas subdesarrolladas economías. Por supuesto, ninguno de los estudiantes propusimos magnicidio, holocausto, ni éxodo.
Para mi sorpresa, 32 años más tarde recibí un correo de un profesional que proponía boicotear todo tipo de ayuda, pago o limosna a los jóvenes, niños y adultos que prestan el raramente solicitado servicio de limpiar los parabrisas de automóviles en las esquinas traficadas de Managua, donde el tránsito de vehículos es dirigido por “policías robóticos”, como les llaman a los semáforos en algunos rincones subdesarrollados del planeta.
Dicho correo presentaba, con peculiar razonamiento, una proyección de los ingresos medios de estos laborantes relegados. Su autor aseguraba que estos limpiadores de parabrisas devengan ingresos superiores a los de un ingeniero y al de algunos otros profesionales. Si es cierto que muchos encuentran sumamente molesta la presencia de estas personas en las esquinas de los semáforos, también hay muchos que reconocen la decadencia económica y social que ellos personifican en Nicaragua.
Más recientemente, la intolerancia por este gremio se ha intensificado, de tal manera que son acusados de estar faltos de control sobre sus impulsos, de sentirse inferiores e incapaces de ambiciones y superación. Se especula de que por provenir de familias rotas, ellos escogen el camino que los lleva al abuso de drogas, a la asociación con grupos delincuenciales, a terminar en prisiones, desposeídos de razón y a quitarse su propia vida; a cometer “autohomicidio” como decían en la antigua Alemania comunista.
Sin embargo, se hace conveniente ignorar que estos individuos no cuentan con el beneficio de la acumulación de capital cultural que se transmite de generación a generación en otros grupos sociales. No cuentan con oportunidades, conexiones, ni con una red social que les permita acceso a educación, entrenamiento o trabajos bien remunerados.
Es desproporcionado pensar que estos limpiaparabrisas y el grupo socioeconómico al que pertenecen, son la causa de males comunitarios. Esto es como tratar de asegurar que en Nicaragua llueve de abajo hacia arriba, de que la sociedad y el Gobierno son víctimas de ellos. Promover desprecio contra los indigentes no resuelve los problemas de un sistema erigido sobre bases endebles y corruptas. Ellos solo acarrean el mensaje de nuestras crisis. Como dicen en otras partes, “matar al mensajero” no es el remedio; como tampoco es solución apagar los semáforos.
La solución está en la esterilización del sistema, en la remoción de la corrupción, que abarca desde la cúspide del poder político hasta las sórdidas esquinas de los semáforos. El autor es economista y escritor
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