Eduardo Cruz
Emilio Álvarez Montalván se define a sí mismo como “un estudioso de la cultura política nicaragüense”. Es oftalmólogo y está inmerso en la política nacional desde 1948, cuando con Pedro Joaquín Chamorro y otros jóvenes fundó la Unión Nacional de Acción Popular.
Desde dentro de las filas del Partido Conservador, fue un activo opositor a los Somoza y en los años 80 fue clave en la conformación de la Unión Nacional Opositora (UNO) que triunfó en 1990 con doña Violeta Barrios de Chamorro. Además, en el gobierno de Arnoldo Alemán fue canciller de la República.
Lo que lamenta en su vida es nunca haberse interesado en los deportes, pero le alegra haber escrito sus libros, especialmente Cultura Política Nicaragüense. A sus 95 años de edad, Álvarez Montalván vive retirado de la política actual. Recientemente salió del hospital tras seis días de estar ingresado, pero dice que salió “con más ganas de vivir”.
En esta entrevista Álvarez Montalván analiza la actual situación política de Nicaragua.
De todas las épocas que usted ha vivido, ¿a qué oposición se parece la actual?
Se parece más a la que había en el año 50, cuando había cargos en el Gobierno de la oposición, pero esta no influía en nada de las decisiones del Gobierno. Cuando el Pacto de los Generales había una oposición formal pero no funcionaba.
¿El peor error de la oposición?
Ir divididos a una elección. Los sandinistas no pasaban del 38 (por ciento) y la oposición unida, con doña Violeta, con el doctor (Arnoldo) Alemán y con Enrique Bolaños, llegaban al 45 y al 55%. Al dividirse le dieron chance a los sandinistas para que subieran al poder.
¿De quién es la culpa que no exista unidad en la oposición?
Los dictadores, como los caciques y los caudillos, son incubados por la sociedad misma. O sea, que mientras los nicaragüenses no cambien los antivalores de su cultura política seguirán teniendo gobiernos autocráticos.
¿Cómo cuáles antivalores?
El primero es el personalismo, el sectarismo, la falta de una visión de Patria, consolidada. Y, luego, un sentido mágico de la vida que los hace creer que de un momento a otro un redentor nos sacará de la pobreza.
Usted escribió un libro sobre la cultura política en Nicaragua, ¿qué lo impulsó a hacerlo?
Es que a mi juicio el problema fundamental de Nicaragua es que conserva una cultura política obsoleta e ineficiente. Lo que te mencioné antes. Con esos valores es imposible construir un país, porque hay mucho individualismo y el eslogan es sálvese quien pueda. Eso no permite que un país se conforme.
Si tuviera que asesorar a la oposición, ¿qué les diría?
La oposición tiene que cambiar de discurso. Tiene que ocuparse seriamente de los grandes problemas nacionales y exponerlos. Por ejemplo, deberían tener un asesor en el Seguro Social y demostrar todas las irregularidades que ahí existen. Tiene que tener también un experto que los ilustre sobre la política fiscal, sobre la rendición de cuentas, en documentos serios y publicados para que la gente se vaya formando una idea de la incapacidad administrativa, porque todo lo bueno que se ha hecho es obra de la empresa privada.
Y la unidad opositora ¿cómo se lograría?
La unión opositora tiene que tener primero objetivos claros, ¿qué quiere?, ¿quiere mantenerse como un grupo que acepta lo establecido o un grupo que quiere cambiarlo? El problema es que hasta ahora los discursos son sobre leche derramada, hablan de los fraudes electorales.
«EL PODER NO TIENE CONTROL»
Pareciera que habrá Ortega para mucho tiempo…
En una democracia se necesitan dos al menos para que funcione, y aquí en este país el poder no tiene control porque la oposición prácticamente no incide en la realidad del país porque está dividida y no tiene fuerza. Si el Gobierno no tiene oposición, su tendencia es a ampliar su ámbito.
¿Qué piensa del actual Ortega?
Es un hábil operador político, pero no es un estadista.
¿Ha hablado con Daniel Ortega alguna vez?
Ya pasadas las cosas (elecciones de 1990), lo invitamos a un club que se llamaba club de los Lunáticos, que nos reuníamos cinco embajadores extranjeros y cinco nicaragüenses a comentar las noticias del día. Lo invitamos a él (Ortega), un hombre sobrio, de pocas palabras, le gustaba más escuchar que hablar y ahí dijo francamente que él era marxista-leninista.
¿Pero qué le pareció Daniel Ortega?
Una incógnita. No enseñó ningún rasgo para poderlo identificar, excepto su ideología marxista-leninista, pero él hablaba poco. Era más que todo un buen escuchador.
¿Qué puede decir de Rosario Murillo?
Ella fue secretaria de Pedro Joaquín Chamorro en LA PRENSA y su tío de ella, Teódulo (Murillo) fue compañero mío en el Pedagógico. Me parece que es una mujer muy inteligente, es culta, pero tiene ambiciones de poder.
¿Qué piensa cuando la escucha en la televisión o en la radio?
Ella desempeña un papel como de mamá, preocupándose de las necesidades de la población pobre. Hace un papel humanista. Entiendo que ella tiene mucho poder, un poder delegado, porque el que manda es Daniel.
¿Y de Roberto Rivas qué me dice?
Ese hombre no tiene ningún respeto por su puesto.
¿Lo conoce bien?
Sí, Roberto Rivas Reyes. Lo que pasa en política en Nicaragua es que la gente cambia cuando encuentra una situación que va a cambiar para mejor su vida.
¿Rivas se le volteó a Alemán o está ahí con la complacencia de Alemán?
No. Lo que lo animó a él a cambiar fue la división del liberalismo, se dio cuenta que había un nuevo jefe de Estado, que era Daniel Ortega.
A sus 95 años, ¿en qué piensa?
Pienso que Nicaragua no se va a componer mientras los nicaragüenses no cambiemos, porque somos nosotros los que incubamos a los dictadores, ellos no son ningunos genios, ellos lo que hacen es apoderarse del poder de una sociedad débil, desarticulada, desunida y que es frágil a los sobornos y a los halagos y a las dádivas y al discurso populista. Mientras este país tenga esas características tendrá dictadores.
¿Cuál es el remedio de eso?, no hay más que uno: la educación. Y el aumento del nivel de vida. Mientras haya estos grandes desniveles no habrá una democracia.
¿Quiso ser presidente? ¿Le hubiera gustado?
No. La política para mí es una actividad peligrosa, porque se requieren cualidades que yo no tenía. Yo más bien, mi interés era investigar el porqué Nicaragua permanece tan atrasada y por eso publiqué ese libro de la cultura política nicaragüense. Antes se creía que estos países eran atrasados porque los grandes países industriales los explotaban, después se creyó que era una cuestión genética, que como éramos mestizos ya veníamos tarados y después se creyó que era debido a que vivíamos en el trópico muy sabrosamente en clima…, pero todo eso fue disuelto y al final sociólogos de Harvard hicieron un estudio y llegaron a la conclusión de que era la cultura del país la que producía los dictadores.
¿Quién puede hacer un cambio en el país?
En Nicaragua hemos tenido dictaduras toda la vida. Los únicos que reaccionan contra esos gobiernos es la clase media, porque los ricos ricos se entienden siempre con el Gobierno y las clases pobres pobres no saben ni qué cosa es la política, están dedicados a conseguir su comida. Mientras la clase media no sea bastante amplia y bastante fuerte no habrá aquí ningún cambio. En tiempos de Somoza había una clase media grande y era la que incoaba atentados como fue abril del 54 y Olama y Mollejones, eran toda clase media.
¿Cómo está la clase media ahorita?
Como aletargada. Recibiendo becas, dádivas, bonos. No tienen necesidad de un ascenso social, están satisfechos. Pero tarde o temprano la clase media de Nicaragua va a hacer el cambio, pero pasarán algunos años para eso.
¿Por qué dice que pasarán algunos años?
Este Gobierno, además de ser Ortega un buen operador político, ha inventado unos proyectos, megaproyectos, para mantener a la gente ilusionada con que va a terminar con el desempleo, ese proyecto es completamente absurdo y destructivo, porque va a terminar con el depósito de agua más grande que existe en América Latina, un elemento cada vez más escaso, el agua va a valer, como dice la Corporación, tanto como la gasolina. ¿Por qué lo tenemos que destruir (el lago) para poder vivir?
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