En memoria de Herty Lewites
El primer impacto fue en tu rostro
que permaneció impávido y altivo.
Los embates brutales contra tu costado no doblegaron tu vertical orgullo,
—domador de sismos y terremotos—.
Agotada la energía de tus verdugos,
te lanzaron sólidas pelotas de hierro
dispuestos a tumbar tu empecinada resistencia.
¡Inútil resultó el perverso empeño!
Sostenida en tu recia arquitectura
superaste el rencor de la barbarie.
Cayó la noche y llegó un nuevo día
Asombrados los municipales,
encargados de la penosa tarea,
en secreto admiraron tu increíble persistencia
Sus máquinas infernales
fueron los instrumentos del encono.
¡Y tú seguías de pie en tu dolor!
Y llegó la noche y un nuevo día
alumbró tu invencible estructura.
Te jalaron con camiones de los pies,
firmes como árboles del bosque.
Mas tú te negaste a sucumbir.
La noche te envolvió y llegó otro día…
Con cuchillos afilados
cortaron en pedazos tu blanca carne.
¡Del dolor te retorcías sin rendirte!
Y vino la noche y el Sol anunció un nuevo día
¡Y ahí estabas todavía!..
El reconcomio acumulado, finalmente,
logró derribar tu sufrido esqueleto
convertido ahora en chatarra negociable.
Fue entonces que se oyó la contundente profecía:
“La dignidad de los nicaragüenses no está vencida.
Resurgirá con firmeza de los escombros institucionales.
Si ha regresado la noche oscura,
es como presagio de un nuevo amanecer”.
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