Fernando Henrique Cardoso protagonizó uno de los mejores gobiernos que tuvo Brasil. Redujo la “inflación” desde el 22 por ciento en 1995 al 9.1 por ciento en 1996 y 2.5 por ciento en 1998, continuó la apertura económica iniciada por el presidente Fernando Collor de Mello y, entre 1991 y 2001, el Estado recaudó US$$103,300 millones por la privatización de empresas públicas mientras que el desempleo se mantuvo en 5.5 por ciento durante su primer mandato. Así se generó un boom de consumo, lo que atrajo numerosas inversiones, lo que a su vez permitió mejorar la recaudación fiscal y conseguir el saneamiento de las cuentas públicas, aunque la deuda del Estado pasó de 14 por ciento del PIB en 1994 al 55.5 por ciento en el año 2000.
Luego vino Lula y, para sorpresa de todos, conservó la política económica pero aumentó el gasto “social” y Brasil creció y estableció un liderazgo en el mundo gracias a las bases sentadas por Cardoso. Creídos los brasileros de que la política “social” de Lula era exitosa la profundizaron con Dilma Rousseff y ahora Brasil, miembro del grupo BRICS de países emergentes y la séptima economía global, ha tenido un decepcionante crecimiento que no llega al 2 por ciento anual promedio en 2011-2013, y 1.5 por ciento estimado para 2014 con una inflación de 6.5 por ciento. La cuenta corriente externa, que venía con un sólido superávit hoy tiene un déficit creciente cercano al 3.5 por ciento del PIB, a lo que hay que sumarle un bajo nivel de ahorro (15 por ciento del PIB) y de inversión.
Para colmo de males Brasil se ha involucrado en la organización de este Mundial de Futbol que promete ser un tiro por la culata. Erogando en total unos US$$11,500 para, entre otras obras, reformar completamente o construir 12 estadios híper modernos de los cuales cuatro podrían terminar convertidos en “elefantes blancos”. Y todo para mostrar al mundo su “poderío de gigante emergente” pero hasta ahora solo ha recibido una ola de críticas, no solo de la FIFA, sino de los propios brasileños al punto que el porcentaje de la población que apoya el Mundial ha caído de 79 por ciento en 2008 a 30 por ciento hoy. Hace seis años, solo 10 por ciento de los brasileños se oponía a la Copa, contra 61 por ciento hoy en día.
Rousseff cuya popularidad ha caído al 35 por ciento, ya inauguró casi todos los estadios pero increíblemente el día del comienzo del Mundial todavía siguen las obras contra reloj. “Hemos vivido un infierno en Brasil”, llegó a decir el secretario general de la FIFA que admite que los estadios estarán listos “a último minuto”. La presidenta, por miedo a que las críticas puedan desmejorar su imagen en busca de la reelección, no asistió este martes a la inauguración formal del Congreso de la FIFA cuando es tradición que el jefe de Estado del país sede asista. Sucede que la FIFA ha criticado a Brasil por los retrasos en la construcción de estadios mundialistas, así como de proyectos relacionados, como carreteras y aeropuertos.
Para colmo de males se prevén varias protestas sindicales y anti-Copa que pueden degenerar en violencia como en junio pasado, cuando más de un millón de brasileños protagonizaron una revuelta durante la Copa Confederaciones. A esto se suma el recrudecimiento de la violencia en Río de Janeiro, sede de siete partidos incluida la final, como resultado de la torpe represión policial. El autor es Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California.
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