Joaquín Absalón Pastora
Clayderman no es un concertino clásico puro, un especialista ubicado en determinado género, un ejecutante moldeado por determinado arquetipo, como lo fue Rubinstein en Chopin.
El proceso de la progresiva diversificación puso como concertino al piano: pieza protagónica en la soledad, farol en la majestad de la noche cuando pone a un consagrado haciendo de fuente sensitiva en Claro de Luna en Beethoven o Debussy. No puede ser Clayderman, un Demus, un Skoda, pero sí dentro de los términos rigurosos de la técnica, un excelente pianista con méritos propios como los de poseer empatía, matiz, liderazgo, conquistador de balcones para dejarlos colmados de satisfacción con un menú imantado por la amenidad y la variedad.
Empero esa diversidad le atribuye una caracterización visible y auditiva: es el pianista romántico de estos tiempos, el vocero en el sonido, en la dinamia traducida en suavidad, en la declaración de amor no con la intensidad meditada de los clásicos. Es capaz de mostrar a Lara en toda su intimidad, desnudarlo en su melancolía, de incurrir en lo más reciente como Manzanero, para seguir en la línea del romance, venir con otros nombres de actualidad cuya música no necesariamente debe estar sombreada por el pincel del recuerdo.
Es tan complaciente en el “modo de ser” de su repertorio que sabe atraer a los diletantes de pianísticos tan complicados como Sergei Prokofiev en su Capuletos y Montescos , pieza del compositor ucraniano caracterizado por innovar las corrientes más atrevidas, como Aran Khachaturian, a quien asemejó en la notoria influencia de los ritmos y las melodías de Armenia en el adagio de Spartacus , manejado con la parsimonia característica del “adagio” .
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