La madre es la raíz de vida

Marvin Saballos Ramírez

Resulta llamativo que en español la palabra patria derivada de pater, padre, haya evolucionado a convertirse en una palabra del género femenino: “La patria” y no solo el término, además en la simbología patriótica suele representársele como una bella mujer, generalmente vestida a la usanza de la antigüedad clásica grecorromana.

En los conceptos cívicos la patria es figurada como la madre que acoge por igual a toda su progenie y se nos enseña a respetarla y a sentirnos orgullosos de ser sus hijos, a estar dispuestos a defenderla hasta la muerte.

Aunque lo antes dicho sea un buen tema para la sociología política, no es el civismo lo que hoy me ocupa, la reflexión me viene al caso por la analogía que hacemos sobre estos dos aspectos fundamentales para nuestra existencia social e individual: el ente político que nos da existencia e identidad jurídica y el ser biológico que nos da la existencia física y emocional. La madre biológica y la madre jurídica.

Desde una perspectiva sicosocial podríamos pensar que estos conceptos y sentimientos obedecen en buena medida a un fenómeno innato y consustancial a nuestra supervivencia en las primeras etapas de la vida: el fuerte apego que establecemos con quienes nos crían y satisfacen nuestras necesidades físicas, afectivas y psicológicas desde nuestra más temprana niñez hasta convertirnos en adultos autónomos.

En ello la madre juega un rol de primer orden y se convierte así en uno de los seres más significativos de nuestra existencia, un refugio y patrón de referencia en la vida diaria. La entrada saludable a la vida adulta está marcada por la autonomía afectiva y vital de la persona, pero el apego, aun cuando naturalmente disminuye, tiende a mantenerse como un sentimiento fundamental en todas las etapas del ciclo vital.

A más de esta dimensión psicoafectiva, al ser la madre quien concibe y da a luz, quien genera la vida, la encontramos como símbolo global al cual se asocian las figuras generadoras de vida: la madre Tierra, es el útero universal que pare la vida y a quien retornamos al morir, en un ciclo eterno de renovación y perpetuidad de la vida. Las urnas funerarias en las que nuestros indígenas sepultaban a sus muertos, tenían formas de úteros y Coatlicue, Diosa Madre era también la “gran devoradora”, mejor decir la gran acogedora de los cuerpos que mueren para ser transformados en nuevas formas de vida.

En el otro lado del mundo, en la mitología griega, Deméter es la diosa madre, madre nutricia, del ciclo vivificador de la vida y la muerte. Parece estar en nuestro inconsciente colectivo el sentido sagrado de la maternidad asociado al don permanente de generar vida, del ciclo perpetuo de regeneración de la vida. Quizá por ello sea que en apelación a los sentimientos patrios, el mayor heroísmo y sacrificio sea ofrendar la vida por la supervivencia de la patria. Universalmente, las madres de héroes y mártires son enaltecidas y respetadas en su dolor.

En nuestra fe y tradición cristiana, María, la madre de Jesús, es figura muy venerada. Su aceptación de la maternidad es fundamental para la encarnación y nacimiento del Hombre Nuevo y es también ella quien está al pie de la cruz y son las mujeres que la acompañan las primeras testigos de la resurrección de Cristo, de la promesa de vida eterna.

Como madre, la mujer es un símbolo sagrado y es por eso que el Día de las Madres es un día íntimamente significativo y evoca en nosotros uno de los sentimientos más auténticos: el amor a nuestra madre. El autor es sicólogo social.

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