En los últimos diez años venimos oyendo hablar, quizá demasiado, sobre la desigualdad en términos económicos. Hay economistas que han dedicado buena parte de su vida a este tema.
En los Estados Unidos, donde más se llevan registros al detalle acerca de los ingresos y su distribución, proliferan los libros que tienden a demostrar que hoy, la inequidad, es mayor que ayer. Baste citar a Joseph E. Stiglitz en su libro El precio de la desigualdad , (Taurus 2012), en el que afirma que “el uno por ciento más alto (de los que reciben ingresos) consiguió aferrarse a una enorme tajada de la renta nacional, el 20 por ciento”, y en un panorama más crudo, añade que “El uno por ciento más alto recibe en una semana un 40 por ciento más de lo que el 20 por ciento inferior recibe en un año”. Y, en esa misma línea de razonamiento, el sesgo en la distribución se torna más agudo si comparamos tramos menores. Estudios demuestran que “el 0.1 por ciento más alto recibió en un día y medio aproximadamente lo que el 90 por ciento inferior recibió en un año”. Todo esto pone en duda la famosa teoría del derrame (trickle-down effect), según la cual solo hay ganadores.
La verdad es que la inequidad gana terreno. El coeficiente de Gini ha venido creciendo y se acerca a 0.5 (en un período promedio de 1999 a 2009), cuando en 1980 era el 0.4. La curva se va separando de la línea de la perfecta igualdad, desplazándose hacia abajo. Paul Krugman en su columna del NYT del 20-01-2014 se refirió con mucha propiedad a esta tendencia y el presidente Obama en su Informe a la Nación del 28-01-2014. Krugman afirma que desde los años setenta a la fecha “los salarios reales de la mitad inferior de la fuerza de trabajo han permanecido estancados o caídos, contrario al ingreso del uno por ciento más alto de la clase rica que se ha cuadruplicado (no digamos el 0.1 por ciento que ha crecido todavía más)”. Si esto es cierto, como lo sostiene Krugman, no es más que reflejo de una oligarquía que maneja los hilos de la economía y determina la ruta a seguir. Se tambalea la teoría de que EE. UU. es la tierra de oportunidades y de que los ricos reciben esta compensación gracias a sus méritos, producto de una alta educación que los hace innovadores y tomadores de riesgos.
Lo que ocurre en la realidad es que la plutocracia pesa más que la meritocracia. Que lo que cuenta es la riqueza acumulada y las oportunidades siempre las tendrán, en primer lugar, quienes heredan esa riqueza, que es como encontrar el camino despejado, la alfombra roja por la que han de transitar. Bien lo remata el economista estrella de la actualidad Thomas Piketty, en su novedoso libro Capital in the twenty-first century , en el que demuestra que el capitalismo, salvo ciertos períodos, tiende a la desigualdad, porque la tasa de rentabilidad del capital es superior a la tasa de crecimiento de la economía. Se impone lo que se conoce como capitalismo patrimonial. Verdad meridiana, pues desde hace rato sabemos que a la mar se van los ríos y que el pez grande se come al chico. El autor es economista
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