Una de las cosas menos justificables que he leído recientemente es acerca de la “insignificancia” de las universidades latinoamericanas, iberoamericanas y españolas dentro del marco de la instrucción mundial.
Ahí se propone que estas culturas universitarias están apegadas a principios arcaicos, con raíces en la inquisición, que resisten a la innovación, que consideran como algo nefasto el concepto de pensar y que destruyen la voluntad de transformar y mejorar las cosas.
El hecho de que estos centros de educación superior no clasifiquen a la altura de las 150 mejores universidades del planeta —en términos de las opiniones de expertos y las valoraciones objetivas de sus programas académicos y de investigación— no significa que son menos necesarias.
De ser así, este criterio sería igualmente aplicable a las universidades del mundo desarrollado, pues la mayoría de estas instituciones no cuentan con profesores galardonados con Premio Nobel, ni publicaciones recurrentes en revistas acreditadas, ni todos sus profesores son autores o investigadores científicos.
La verdad es que en todas partes del mundo existe gran variedad de programas educacionales, y unos atienden más que otros al principio socrático que llama a buscar “la sabiduría y la verdad, y el mejoramiento del alma” por sobre la fama y el prestigio. Por sobre las clasificaciones y la reputación. Y de estos centros egresan profesionales calificados y dispuestos a prestar sus valiosos servicios a sus respectivas sociedades.
Claro que sería deseable contar con programas universitarios de investigación intensiva en cada institución. Pero estos, como todo, atienden a consideraciones generales y específicas, a factores internos y externos; a costos y beneficios.
Dentro del marco de sus consideraciones, Harvard, hasta hace un par de años inauguró su monumental y ultramoderno laboratorio de innovación para obtener el liderazgo en el importante mundo de la tecnología empresarial. Algunos expertos señalan que con 25 años de retraso; después de haber perdido como estudiantes a Mark Zuckerberg y Bill Gates, quienes tuvieron que abandonar Harvard para poder convertir sus ideas en negocios reales: Facebook y Microsoft, respectivamente.
Regresando al propósito inicial de este artículo de rebatir la pobre e inaceptable premisa de una perversa actitud que antepone la negación de la esencia de nuestra existencia por medio del hecho de negarnos a pensar, nos volcamos a la evocación de innumerables agentes de cambio latinoamericanos, iberoamericanos y españoles:
Rubén Darío, nicaragüense, iniciador del modernismo literario de la lengua española, a finales del siglo XIX. Rafael Reif, venezolano, graduado de la Universidad de Carabobo en 1973, actualmente el presidente del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT por sus siglas en inglés), la universidad clasificada como la número uno en el planeta. Roberto C. Goizueta, exiliado cubano, llegó a ser presidente y director ejecutivo de la empresa Coca Cola por lo que fue altamente celebrado y condecorado. La Universidad Emory en Atlanta le dio su nombre a la Facultad de Administración de Empresas en honor a este innovador empresario. Y así nos va por el mundo.
Nuestro problema no es, pues, que hemos renunciado a pensar, a ser agentes de cambio, de innovación y progreso. De acuerdo a Descartes por el mero hecho de pensar, se existe. De ahí que las instituciones educacionales nacen —evidentemente— de manera natural; simplemente porque pensamos. Nuestras crisis provienen —en gran parte— de la intervención política y de copiosos vicios dictatoriales.
Mientras tanto, seguimos abrazando y fomentando nuestros pensamientos y, entre los de René Descartes, el que más nos corresponde: “Pienso, luego existo”. El autor es economista y escritor
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