A un historial matizado por la grandeza, el Real Madrid le agregó mayor resplandor ayer, al atrapar la ansiada décima Copa de Europa, tras dinamitar la ilusión del Atlético de Madrid, justo cuando ya se aprestaba a dejar que la champaña lavara sus años de frustración.
Un espectacular cabezazo de Sergio Ramos al minuto 90+3, sacó del purgatorio a la tropa merengue y la situó de regreso a la gloria, para una contundente victoria 4-1, en tiempo extra, ante sus vecinos que terminaron de cara a las estrellas, pero irremediablemente en el piso.
Al tanto de Ramos, que niveló 1-1 el marcador, le siguieron después goles de Gareth Bale, Marcelo y por supuesto Cristiano Ronaldo, para sellar con autoridad el regreso del Madrid a la cima de Europa, en una emotiva noche en Lisboa.
Diego Godín, también a través de cabezazo, y ante una mala salida de Iker Casilla, había situado en ventaja al Atlético 1-0 al minuto 36, provocando una terrible angustia en el madridismo, mientras el club colchonero parecía en ruta hacia la mejor campaña de su historia.
Y después de varios intentos fallidos, sobre todo de Bale, y de un esfuerzo admirable de Ángel DiMaría, el Atlético resistió, gracias al gobierno con autoridad en la media cancha de parte de Gabi y Koke, mientras la angustia crecía entre sus oponentes.
Sin embargo, el Real Madrid no bajó los brazos y buscó el empate con determinación, hasta conseguirlo mediante el cabezazo de Ramos en tiempo compensatorio, lo que quitó la soga del cuello a la tropa blanca, que sería más firme y resistente en el tiempo extra.
Luego de un primer tiempo extra 1-1, en el que la extenuación y el agotamiento se hicieron visibles, el Madrid se fue adelante 2-1 con gol de Bale al minuto 110, tras una galopada sensacional de DiMaría, quien disparó al arco y el galés acertó de cabeza.
El tiro de gracia lo dio Marcelo ocho minutos después, tras una filtración individual ante una defensa jadeante. Y el puntillazo salió de Ronaldo, quien buscó su gol con tenacidad y lo logró mediante un penal provocado por Godín.
Para entonces, la décima copa ya tenía carácter real. El extenso ayuno había concluido, mientras el Atlético miraba pulverizadas sus ilusiones de atrapar la primera.
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