Cuando existen disputas entre Estados Unidos y cualquier otro país, la izquierda invariablemente apoya al contrincante de Washington. No importa el tema, ni el actor, ni la verdad. Para la izquierda es asunto “de principios”. Recuérdese la exaltada indignación cuando Estados Unidos derrocó al terrorista y cavernario régimen talibán en Afganistán, o la abstención del régimen sandinista en la ONU cuando la URSS invadió a ese mismo país en 1979, o (ahora) el caso ucraniano. En tanto, los demócratas “políticamente correctos”, son equidistantes: No existe diferencia entre las partes. Temen a los denuestos extremistas.
La equidistancia ante la victimizada Ucrania llevó a algunos declarar que “Nicaragua debe alejarse del tema. Lo que importa es atraer inversores, sean quienes sean”. Pero este asunto excede a esa postura netamente fenicio-mercantil porque existen normas legales y de mínima moralidad internacional para evaluar cada caso antes de proclamar la timorata “equidistancia”.
Sin duda es correctísimo procurar el interés nacional. Su defensa es deber de todo ciudadano, y de todo gobierno, y es garantía de la mínima aspiración de cualquier Estado: Sobrevivir como entidad digna y soberana. Sin embargo, la soberanía convive y se acomoda ante la creciente interdependencia entre los Estados. Y aquí surge algo inocultable: La profunda interdependencia, aunque sea asimétrica, entre Nicaragua y los Estados Unidos. Hay sólidos lazos económicos, culturales y demográficos: Las remesas, vitales para la economía nacional; el mercado norteamericano, fundamental para la exportaciones nacionales; los miles de nicaragüenses educados allá; los cientos de miles que viven en Estados Unidos, incluidos sandinistas antinorteamericanos que buscaron asilo fingiendo persecución (engaño que es un delito grave en Estados Unidos); los millones de iberoamericanos que viven en esa tierra. Ante esas realidades ¿debe haber equidistancia cuando Estados Unidos tiene dificultades con sus oponentes, aunque les asista la razón?
Frente a los timoratos demócratas “equidistantes” está una izquierda militante, motivada en parte por odios y complejos, la que si llega al mando se aferra al poder y la riqueza. Una izquierda envuelta en el viejo ropaje de “dignidad” “democrática”, nacionalista y antimperialista que reverencia, sin sonrojarse, a dictaduras como la castrista; que apoya a organizaciones narcoterroristas (como las FARC), etc. Con todo, actúan como jueces de la dignidad universal.
Sin duda en el pasado hubo episodios dolorosos en las relaciones Estados Unidos-región mesoamericana y caribeña. Recuérdense la política del garrote, la diplomacia del dólar, y la arrogante doctrina Monroe, que (se ha dicho) tuvo algunos efectos positivos al salvar a varias naciones del intervencionismo y colonialismo europeo. Que recuerde Maduro cómo Estados Unidos (para frenar la presencia inglesa) impidió la usurpación por Inglaterra de territorio venezolano.
Los pueblos no pueden vivir solamente de los aspectos negativos del pasado. Véase a la Unión Europea, construida tras conflictos multiseculares. En cuanto a Nicaragua, hoy existe una interconexión tan profunda con Estados Unidos que, sin olvidar el interés y dignidad nacionales, el país deberá en un futuro “más bonito” actuar respecto a esa nación (incluida la arena internacional) en conformidad con los múltiples intereses y valores compartidos, una postura que los demócratas deben defender sin timidez, incluso desde la llanura. Lo de Ucrania es un caso para intentarlo.
El autor es Doctor en Estudios Internacionales.
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