El “Museo de las Victorias” frente al Estadio Nacional construido por la administración Ortega-Murillo está en tinieblas y total abandono. Son ruinas que hablan de la futura ciudad después de Daniel Ortega. Fue construido hace pocos años para destruir la memoria histórica de los nicaragüenses que nos unimos contra el somocismo.
En ese museo llegaron al extremo de tergiversar la historia al punto que en el pabellón occidental mutilaron la foto de la comandante Dora María Téllez, quien dirigió la toma de León en 1979. La cortaron por la mitad del cuerpo, le quitaron la cabeza, solo dejaron sus piernas y le pusieron encima uno de la toma de Masaya, no de occidente. El único héroe de la insurrección popular en la historia de ese museo en ruinas era Daniel Ortega en todos los frentes de guerra con su sonrisa en papel rosado.
Los intentos por seguir destruyendo la memoria de nuestra historia, como lo hicieron recientemente con la destrucción de las obras de administraciones anteriores: el Faro de La Paz, la Concha Acústica, las fuentes de la rotonda Colón, la fuente musical en la Plaza de la República y entre otros, las pretensiones fallidas de borrar el nombre del parque Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, son expresiones de los tormentos que aquejan a la pareja gobernante. No soportan el peso de otras épocas que como fantasmas perturban el poder “supremo”, que cree que la historia comienza con ellos para eternas memorias.
El uso político de la memoria histórica ha sido una constante de los regímenes fascistas para desarticular cualquier antecedente que sirva de inspiración al poder de crítica de nuevas generaciones naturalmente rebeldes, contra quienes se creen dueños de su destino. La verdadera reconciliación nacional pasa por reconciliarnos con nuestro pasado y aceptar las obras de los otros como parte de nuestra identidad, de lo que hoy somos.
Afortunadamente los monumentos no sustituyen la historia porque no es la materia, el cemento o el hierro, lo que mantiene la dignidad de un pueblo, sino el espíritu con que se moldearon. Son siglos de lucha por ideales democráticos que con o sin obras simbólicas, siempre van a estar allí en la conciencia ciudadana esperando turno para ser reevaluados a la luz de los nuevos tiempos.
Las ruinas del museo de los Ortega-Murillo parecieran querer anunciarnos que así de oscura y triste podría quedar nuestra ciudad cuando el monumento a Chávez y los árboles amarillos comiencen a vestirse de oscuro. Una vez que este Gobierno pase a la historia se irán apagando solos por falta de presupuesto para bujías de reemplazo y no poder costear el lujoso costo de la electricidad que los ilumina con ostentación en medio de la pobreza extrema.
Los Ortega destruyen lo de otros y construyen lo suyo para hacer la ciudad a su imagen y semejanza, con la creencia mística de un poder para siempre que para nadie es eterno. Lo paradójico es que quienes organizan el olvido de la memoria histórica con la fuerza del poder absoluto y traicionan la identidad e historia heroica de un pueblo caen por su propio peso en el abandono como el “Museo de las Victorias”, una de las pocas obras históricas de los Ortega-Murillo.
Se destruyó pacíficamente solo por el desprecio popular que tiene su idioma, como cuando dejan al pueblo elegir en libertad. Desapareció a plena luz del día, sin la mano de la intolerancia, ni del autoritarismo con que son destruidas y construidas las cosas ahora. Cuando los gobiernos construyen sus monumentos de espalda al consenso, luego son las mismas ciudades las que deciden su destino. La caída violenta del caballo de Somoza en la plaza del Estadio Nacional, frente a las ruinas del “Museo de las Victorias”, es un ejemplo cercano de un pueblo decidiendo quiénes y qué obras merecen permanecer en la historia.
La autora es periodista.
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