Entre las principales figuras opositoras a Daniel Ortega se encuentran notables ex funcionarios de gobiernos entre 1979 y 2006. Esto, por conocimiento y experiencia acumulada, debería considerarse una fortaleza. En cambio, es una terrible debilidad que los convierte en prisioneros del pasado.
No hay margen para confundirse: unos fueron entusiastas defensores de la arbitraria y violenta primera etapa de Ortega en el poder, y otros facilitaron su retorno oficial en 2007, a pesar que acumulaba tres derrotas electorales consecutivas.
Ocasionalmente alcanzan acuerdos sin mayor trascendencia, pero aunque les concediéramos un generoso ipegüe son, en términos prácticos, ineficaces por dramática ausencia de aceptación ciudadana. Esto lleva a considerar ¿por qué, si Ortega demuele el Estado de Derecho e instala una dictadura, no enfrenta una oposición con respaldo mayoritario?
Con sorprendente candor algunos me han respondido que siembran para después cosechar, sin parecer comprender que el terreno nos les es propicio ni para sembrar cebollas. El problema puede tener diversas causas, pero entre ellas se destaca que en mayor o menor grado comparten el denominador común de haber contribuido a la pérdida de democracia en el país.
Sus desaciertos son como secretos a gritos que galopan por los cuatro puntos cardinales de Nicaragua. Todos sabemos que la dirigencia opositora está mayormente compuesta por ex funcionarios que no mostraron sensibilidad social, o radicales militantes de la década de 1979-1989, o algunos otrora defensores a ultranza de acusados de corrupción. ¿Quizás eso explica que en encuestas más del treinta por ciento de la población se declara independiente y el número de sus simpatizantes es raquítico? Si estos datos son cuestionables ¿por qué no hacen otras encuestas y divulgan resultados?
Me parece que en vez de apostar al olvido y evadir el reto, pretendiendo ofrecer la fórmula “entre dos males, el mal menor”, deberían con humildad reconciliarse con los nicaragüenses. Si bien Ortega no ganó en 2006 por mayoría de votos sino por división de los liberales, en elecciones siguientes (no culpemos solamente al fraude) la marca de haber sido socio de Ortega o haber obviado las necesidades de la población, es un costoso factor negativo. Es fundamental disculparse para merecer otra oportunidad. Hacerse los sordos está demostrado que no funciona.
Para un listado detallado de errores habría que escribir un extenso catálogo, aunque una vista rápida indica que se equivocaron los que creyeron contribuir a una revolución que fue traicionada desde sus inicios, y no advirtieron —o quizás consintieron— el manoseo que nos llevó a una guerra fratricida con decenas de miles de muertos, viudas, huérfanos, lisiados, una economía a nivel de 1940 para finalmente entregar un Estado en bancarrota en 1990. O los que concedieron amnistías y legalizaron abusos a cambio de una gobernabilidad que jamás llegó. O quienes creyeron que era imperativo otorgar generosas concesiones a Ortega, cometiendo una falta garrafal al subestimarlo y luego, atrapados por sus propias correrías, entregarle las llaves de la democracia. O iniciar una lucha contra la corrupción sin estrategia ganadora. En general, si en alguna oficina planificaban la macroeconomía, los más necesitados padecían hambre, enfermedades y abandono, mientras avispados “demócratas” disputaban sin tregua cuotas de poder con traiciones á la carte y/o saqueando el erario público.
Por supuesto, nada justifica las ilegalidades y abusos de Ortega, que ahora traga pinol sin colador, pero se comprende el escepticismo de la población en relación a la oposición. Él organizó su retorno sin reeditar ciertos errores propios, y explota los ajenos a más no poder.
El autor es periodista
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