Alina Lorío L.
“Un espíritu maligno”, dicen unos; “droga” dicen otros, pero por más que todos en la comunidad de Las Pozas de San Gregorio, en Murra, buscan una explicación, no logran explicarse qué motivo tuvo un adolescente para matar a machetazos a un niño de 8 años y dejar herido a otro de 11 años.
- “Hemos buscado por enemistad entre familias, preguntamos si los niños habían cruzado palabras por algún motivo, pero no hemos encontrado nada, al contrario, como vecinos ambas familias se llevaban bien, se servían”.
- Elvis Flores Vásquez, pastor de la iglesia Roca Eterna de la Asamblea de Dios.
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Arosman Barahona, alcalde de Murra, ofreció una vivienda en San Gregorio, donde podían trasladarse a lo inmediato, pero la familia lo está analizando.
[/doap_box][doap_box title=»Familia abandonó la comunidad» box_color=»#336699″ class=»aside-box»]
Nadie sabe para dónde, pero la familia del adolescente procesado se fue de la comunidad tres días después de la tragedia. En la casa solo hay una persona cuidándola.
En las cárceles preventivas de la Policía de Ocotal, el adolescente guarda prisión en espera de la audiencia de admisión de prueba y posteriormente el juicio privado. Fue acusado por asesinato y tentativa de asesinato.
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El pasado 3 de mayo, ese adolescente mató al niño Leyner Antonio e hirió a Byron Eliezer, ambos Velázquez Joyas, de 8 y 11 años respectivamente.
La familia del adolescente agresor decidió abandonar esa pequeña y recóndita comunidad.
La otra familia está destrozada por la pérdida del niño; la comunidad está alarmada y un grupo de estudiantes de secundaria fue trasladado a otra sección para evitar seguir viendo la silla vacía, donde se sentaba el compañero que mató.
La comunidad entera está trastornada por lo ocurrido. Las mujeres que comúnmente van al pozo, donde ocurrió la tragedia, ya no lo hacen solas, ahora se ponen de acuerdo para ir juntas a la misma hora.
Después de 15 días de ocurrido el crimen que involucró a tres menores, los estudiantes del instituto de secundaria de San Gregorio no hablan de otra cosa y los de segundo año de secundaria, donde estudiaba el adolescente victimario, aún no logran definir sus sentimientos, pero no hablan de otra cosa que no sea el crimen.
TRASLADADOS DE AULA
“¿No va a salir ahorita de la cárcel, verdad?, preguntó aterrorizada una compañerita de clases del adolescente.
“Él era un niño normal en la sección, nunca lo vimos ni siquiera agresivo con nosotros, nos costó creerlo nos hacía falta al principio, pero ahora ya no le tendría confianza”, dijo la menor, quien junto a otros 24 niños fueron trasladados a otra sección de clases.
Era imposible dar clases la primera semana después de la tragedia. Los más cercanos a “la silla vacía” permanecían distraídos y ninguno captaba el contenido de las clases.
Después de lo ocurrido el sábado 3 de mayo, este grupo ha recibido dos charlas psicológicas y acompañamiento de las autoridades (Alcaldía, Policía, Ministerio de Educación) y pastores evangélicos para que superen el trauma.
“Hasta para mí era difícil impartir la clase”, reconoció el profesor Carlos Ernesto Sarantes, tutor del adolescente. El docente reveló que era un estudiante con promedio de entre 60 y 70, que “nunca le llamó la atención por mala disciplina y su comportamiento siempre fue de un niño normal”.
“FUE HORRIBLE”
En el pozo, ubicado a unos 150 metros de la casa de la familia Velázquez Joyas, en una hondonada donde antes pasó una quebrada, se encontraba un grupo de mujeres que lavaba y llenaba sus bidones de agua; entre ellas doña Bertha Zeledón Flores: “Ya no es lo mismo, estamos con miedo, el diablo es diablo”.
Ella es una de las que más cerca estaba en el momento de la tragedia. “Iba de regreso para mi casa cuando escuché los gritos y corrí a avisarle a la mamá de los niños, no sabía qué hacer, pensé que si era una enemistad entre familia, me podían hasta matar ( ), fue horrible”, recuerda.

El aviso fue el detonante para que Irma Joyas Palacios, la joven madre de Leyner y Byron, corriera en su auxilio. El mayorcito, quien había logrado escapar ya con un machetazo en el cuello, venía subiendo la pendiente con su hermanito menor ensangrentado por los tres machetazos que había recibido.
Logró entregárselo con vida a la mamá, a solo unos ochenta metros de la casa, y se desvaneció. “Tomé al niño chiquito, solo alcanzó a decirme mamá me muero y veo su muñeca casi desprendida no supe más, me desvanecí”, relató la madre, quien junto con su esposo y cuatro hijos apenas tenían un año de haber llegado a vivir a la comunidad en busca de una escuela que les quedara más cerca.
“Ese día Leyner me pidió que lo llevara conmigo al pueblo, pero yo le dije que no ( ), él era el que todos los días me llevaba el almuerzo al trabajo”, recuerda nostálgico don Luis Antonio Velázquez Palacios, quien no pudo contener las lágrimas, arrimado a un árbol a orillas del pozo donde el vecino adolescente le mató a su hijo menor.
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