Pedro J. Chamorro B.
Hablar de la unidad parece ser un buen fin en sí mismo, independientemente de cuál sea el verdadero propósito. La única manera de saber si los que predican la unidad son apóstoles o fariseos de la unidad es ver si sus acciones son consistentes con su predicado, o van en direcciones diametralmente opuestas.
Este es el caso de quienes predican la unidad con espada de la división descalificando y a menudo calumniando, a quienes pretenden sustituir en su liderazgo.
La unidad verdadera únicamente ocurre cuando varios liderazgos en una determinada nación en el tiempo anteponen sus intereses personales por un fin común, en la convicción, casi como un acto de fe, que alcanzando la unidad se alcanzarán las grandes metas que une a todos.
La unidad se da siempre a costa de grandes sacrificios en aras del bien común. Naturalmente, todos los liderazgos se agotan con el tiempo y nuevos liderazgos crecen, pero los verdaderos liderazgos son aquellos que se forjan con acciones encomiables, que la gente admira y valora, pero eso no se logra nunca descalificando a los demás.
A lo sumo estos liderazgos efímeros tienen éxito en llamar la atención de la prensa, que siempre está atenta a destacar el conflicto, más si se trata entre personas del mismo signo político, que es donde menos se espera.
Toda su vida, mi padre fue un apóstol de la unidad opositora antisomocista (Unap, la primera UNO y la Coalición Opositora Nacional (CON), hasta que logró conformar una alianza pluralista donde estaban representados los partidos de todas las ideologías políticas que se llamó Unión Democrática de Liberación (Udel).
Hizo sus méritos desde las páginas de su “República de papel”, desde las calles y también desde la cárcel. Antes y durante su mandato presidencial de siete años, mi madre fue una verdadera apóstol de la unidad y de la reconciliación nacional.
Logró la unidad, en una época de precaria paz y promovió la reconciliación de toda la familia nicaragüense sin distingo de colores políticos, logrando con ello afianzar la paz: el tesoro más valorado de la nación nicaragüense en ese entonces.
Pero ella no alcanzó su sitial en la historia de Nicaragua promoviendo la unidad con la espada de la división y la descalificación de sus adversarios, mucho menos, de sus aliados políticos, que en 1989 se amalgamaron tras su figura en una alianza de 14 partidos.
Tal fue su éxito, que antes y después de acceder al poder, sus antiguos adversarios adoptaron su patente de éxito: “Unidad y reconciliación”, aunque en realidad su prédica siempre ha estado lejos de sus acciones, que son más bien sectarias y excluyentes.
Tanto así, que tras los recientes eventos sísmicos quedó evidenciado que ellos solo consideran afectadas y merecedoras de la ayuda del Estado, a los simpatizantes o estructuras del mismo signo político.
Tal sectarismo a ultranza fue también notorio en la recién pasada “elección” de 54 magistrados de los poderes del Estado, donde quedó evidenciado que no buscaron el consenso que demanda la prédica de la unidad y la reconciliación, sino que buscaron cómo poner en la gran mayoría de los cargos públicos a personas de probada lealtad partidaria o más directamente, con la pareja gobernante.
Pero los fariseos de la unidad no solo están en el gobierno de “unidad y reconciliación” sino también en supuestos líderes de la oposición, quienes aprovechan el micrófono de una radio opositora y cualquier oportunidad que se les presente para descalificar y erosionar el liderazgo de Eduardo Montealegre, en lugar de enfocarse en hacer los méritos suficientes, para forjar su propio liderazgo.
Ellos pertenecen también al equipo de los fariseos de la unidad, porque sus acciones no guardan consistencia con su predicado y más bien fortalecen al gobierno de la “unidad y la reconciliación”, en su afán, o más bien estrategia, de debilitar y dividir aún más a la oposición.El autor es diputado de la Bancada de la Alianza PLI.