La adolescencia representa una etapa de la vida entre la niñez y la edad adulta; en la cual se suscitan cambios biosicosociales, ligados a la formación de su identidad. Es el momento de la experimentación de los conocimientos, valores, creencias acumuladas, transmitidas y promovidas por la familia y las estructuras sociales, en contextos socioeconómicos, históricos y culturales determinados.
La identidad masculina predominante en Nicaragua es patriarcal, el cual es un sistema de dominación que ubica a los varones en una posición de poder frente a la mujer. Sin embargo, este se contrapone cada vez más a la presencia de una mujer empoderada por los nuevos retos, que asume, pero también trascienden el ámbito doméstico, encaminados, y con todo derecho, a su realización personal.
Sin embargo, estos avances de la mujer en las diferentes esferas de la sociedad no tienen como contrapartida la formación en los adolescentes de una masculinidad en la que se les eduque emocionalmente en el amor, la responsabilidad, el respeto consigo mismo y con las otras personas, y la solidaridad en un marco de igualdad relacional, tanto en el ámbito público como privado, conducentes a la formación de hogares estables, democráticos, nutricionales y con estilos de vida saludables.
Por el contrario, el modelo patriarcal se resiste a esos cambios, y la adolescencia es vista como el tránsito para “hacerse hombre”, para mostrar su hombría, presionándoseles para que asuman conductas machistas. Los padres que promueven este tipo de formación se olvidan que este aprendizaje incidirá en un comportamiento futuro de sus hijos, que los puede llevar a la destrucción y autodestrucción personal, expresado en conductas temerarias tales como irresponsabilidad paterna, accidentalidad, adicciones, fracasos escolares y, porque no, de potenciales homicidas y femicidas.
En las estadísticas nicaragüenses hay un repunte en los asesinatos de mujeres por su pareja o expareja. Valiosas vidas son segadas, hogares destruidos e hijos desbaratados emocionalmente por el resto de sus vidas. Esta tendencia también se está dando en la violencia doméstica, el embarazo, en adolescentes de entre 10 y 14 años, y de las adolescentes en general, de accidentes mortales de tránsito, en un mayor consumo de alcohol en adolescentes y jóvenes. Sin duda, una de las causas importantes que explica en parte estas tragedias es el modelo de crianza.
Tomando en cuenta que la adolescencia es una etapa de construcción y tránsito de la niñez hacia la edad adulta, se constituye en un espacio fértil para modificar las conductas de riesgo en general, y de las prácticas sexuales y reproductivas en particular.
Sería bueno que el Gobierno restituya los programas para adolescentes que habían antes del 2007 en el Ministerio de Salud, impulse transformaciones curriculares que promuevan la autoestima y la asertividad, que apunten a una masculinidad que ponga fin al modelo de crianza patriarcal, que implemente el Plan Nacional de Lucha contra la Violencia Familiar y Sexual, que fue engavetado, y que le dé el presupuesto necesario a la Ley 779.
Se requiere con urgencia una educación de la sexualidad dirigida a los adolescentes, con énfasis a los varones para que se construyan nuevos tipos de masculinidad, que contribuyan al compromiso con las actividades y decisiones antes consideradas exclusivamente de las mujeres; una mayor responsabilidad en el cuidado y autocuidado de la salud: una aproximación afectiva, efectiva y de respeto hacia los hijos, la pareja, sus padres, madres y amistades. El autor es sociólogo.
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