El Diriangén supo por un instante lo que significa una hazaña. Los culpables de alargar esperanzas o incrementar la agonía fueron dos: la ingeniosidad del entrenador Flavio Da Silva para hacer con tan poco un club indescifrable para sus oponentes, y el delantero colombiano, José Luis Rodríguez, quien desde la temporada regular acertaba goles con una increíble perspicacia y prontitud requerida.
Uno es realista y el otro confía en los sueños como si fueran realidad, olvidando que el único momento en el que las esperanzas estaban intactas para ellos, era antes del silbatazo inicial.
“Para ser realista, será bien difícil allá por Estelí, pero me molesta que un grupo de árbitros arruinen todo un trabajo, si hubiesen sido mejor se los diría, pero no fue así”, indicó Da Silva luego del partido.
“El hecho que hayamos perdido un partido en casa no significa que se acabó la final, confiando en Dios sé que tenemos mucho más para dar”, aseguró José Luis Rodríguez.
Ni el saludo de los jugadores al árbitro, como si pidieran misericordia, ni salir al campo clamando la bendición del público funcionó.
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