Joaquín Absalón Pastora
Allá por 1969 la habituada viajera Olga Gaitán me incluyó como cronista en una gira embebida de historia y cultura, por países del Lejano Oriente. La torre de Tokio, era la referencia más visible de la capital japonesa, la cumbre de la cosmópolis. Cultivaba la imagen de una ciudad llana por el escrupuloso régimen que se tenía para construir los edificios con pretensiones de darse un beso con el cielo. El Japón estaba expuesto al ritmo de la danza en varias formas: tifones, terremotos, tornados, huracanes, etc.
Los nativos —empero— lloraban más por la humillación sufrida por la rúbrica del “divino” emperador en la rendición que obligó a suscribir un famoso general norteamericano. Más doloroso ese escenario que el destino perpetuo de pisar una superficie vulnerable. Ante tan sostenido rigor se acostumbraron a no angustiarse, a conservar la serenidad, factor clave en el “instinto de conservación” eruditamente premeditado.
Un día de tantos nos desprendimos del arrobo espiritual, de los monumentos, de los templos, para incursionar en la vanidosa intermitencia de los centros comerciales. William Tapia, un comprobado poligloto de Masatepe y actual embajador de Nicaragua en Taiwán, desempeñaba el cargo de secretario de la Embajada de Nicaragua en Japón, cuyo titular era un señor de apellido Pérez Alonso. Tuvo la cortesía de acompañarnos a la actividad indispensable en toda gira en el exterior con mayor justificación cuando proliferan las prendas exóticas. Estábamos ensimismados en la escogencia cuando sentimos un movimiento que tenía todas las características de un terremoto. Tiré al suelo la camisa que enamoraba y salí gritando varias veces, estremecido por el pánico: “Terremoto” mientras tanto el resto de la asistencia evidentemente japonesa mostraba —para el suscrito— la más temeraria indiferencia. Entendí en el acto que hacía el ridículo. Al rato, aún consternado por la sacudida, comenté con William a qué se debía semejante pasividad cuando en Nicaragua ya estuviésemos tatuados por la alerta roja, con solo esa advertencia. Y esto fue lo que contó: “A ese modo de ser los japoneses le llaman ‘cultura sísmica’. Ellos se vanaglorian de tenerla. Se da como asignatura obligatoria desde que los niños ingresan al colegio. La clase no termina ahí, se extiende hasta el nivel superior de la formación universitaria y profesional. El procedimiento enseña la simbiosis de teoría y práctica, historia, geografía, el mapa como habitante de cada cabeza, la razón por la cual hay que convivir con las neurastenias de la naturaleza a base de entenderla desde una posición absolutamente defensiva y sin que el ánimo se altere cada vez que ella se excite. Comprender que la alarma puede ser más riesgosa que la calma. Valerse solo del criterio de los expertos y no de la irresponsable charlatanería de los analistas intrusos en el tema. En fin a tanta metodología activa y científica hay que recurrir para llegar a ser graduado —de generación en generación— en cultura sísmica hasta el extremo de convivir con el fenómeno, de no tomarlo como eso, sino como parte inherente de la vida”. Para eso se requiere la implementación de esa cultura que a mí me hizo correr cuando los beneficiarios de ella se mantenían imperturbables en sus respectivos lugares. ¿Será posible?
Las circunstancias plantean un dilema: o se vive en indisoluble “alerta roja” o se convive con el temperamento inestable de la superficie que nos da el ambiente… El autor es periodista