Amalia Morales
Su especialidad son los niños y “los chavalos de la tercera edad”, dice Cristóbal Vega, el médico que abre su consultorio en el barrio La Fuente después de las cuatro y media de la tarde. Después que cumple su jornada en el Centro de Salud Pedro Altamirano, a un costado del mercado Roberto Huembes.
El consultorio de Vega funciona en una casa esquinera, antigua y ruinosa, candidata a ser incluida en la lista de edificios que la Alcaldía de Managua anda demoliendo. Es una galerón amplio, sucio, con un par de cuartos de tablas de madera, paredes de zinc y una puerta azul, alrededor de la cual se congregan un par de bancas y las miradas de mujeres y hombres mayores, y mamás con hijos en brazos que esperan pasar consulta con el “doctor Vega”.
Vega lleva más de diez años abriendo esa puerta azul después de las cuatro y media y atendiendo desde las cinco de la tarde hasta las 11 de la noche. A veces hasta la una de la mañana. Hasta que pasa consulta el último paciente. A veces incluso le ha tocado bajarse del carro, volver a abrir las puertas, y atender la emergencia que llega cuando estaba a punto de irse.
Fue la gente del Movimiento Comunal del barrio La Fuente quienes le propusieron abrir una consulta popular allí y cobrar 10 córdobas, de los cuales siete serían suyos y 3 para mantener el puesto. Le pareció la idea y así abrió la consulta. Recuerda que las primeras semanas, los pacientes fueron contados, pero después comenzó a llegar gente con sus males de los distintos barrios vecinos: Ariel Darce, René Polanco y de todo el Reparto Schick.
“Viene gente de todos lados”, resume Vega quien recuerda que alguna vez esta consulta era uno de los cinco trabajos que tenía.
Adela María Potoy, de 67 años, fue a verlo una tarde de estas porque se sentía muy cansada. Otras veces ha ido a su consulta, allí en La Fuente, y se ha mejorado. “Es muy bueno”, dice Potoy a quien la acompaña una pariente que también ha sido paciente de este médico.
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Hubo una época de su vida, no hace mucho, dice, en la que iba por las mañanas al Pedro Altamirano y las tardes las repartía entre la consulta de La Fuente y su trabajo en Metasa, Tipitapa.
Los sábados iba a un consultorio de una iglesia cristiana y los lunes atendía su quinto trabajo en una empresa de transporte de Costa Rica.
Cuando se le pregunta, ¿por qué lo hace? Contesta que no es por dinero, y que su pasatiempo es trabajar, si fuera así no cobrara 50 córdobas en el consultorio de La Fuente, un precio que ha mantenido en los últimos años. A veces cuando un paciente no tiene para pagar, igual los atiende, y dice que si se puede también les da medicamentos.
Afuera, Escarleth Gutiérrez que ha llevado a su hija de 4 años a pasar consulta, corrobora la versión. Dice que es buen médico, que ella le tiene confianza, y que ha atendido a otros familiares, entre ellos a su sobrina de 14 años.
El horario actual de Vega es más relajado. Por la mañana va al Centro de Salud, donde ha trabajado más de veinte años, y espera jubilarse, y en las tardes a La Fuente.
Cuando se le pregunta a Vega ¿a qué horas veía a su familia entre tantos compromisos laborales? Se carcajea. “Un ratito. En las mañanas”, dice y luego cuenta que está separado de su segundo matrimonio, que vive con su mamá, a la que describe como “una señora enérgica”.
El doctor Vega es de los que espera que la muerte lo agarre trabajando. “Quiero trabajar hasta el último día de mi vida… no estar haciendo nada, tensiona”, dice y sonríe este médico de 54 años quien estudia y trabaja desde sus tiempos de bachiller.
MÉDICO A PALOS
Tenía 17 años, se iba a bachillerar y quería ser médico. Ese era su sueño. Pero su realidad era otra: se iba a bachillerar y también iba a ser papá. Él no podía costearse una carrera semejante. Pero su papá —un albañil ya fallecido— le ofreció apoyarlo con parte de los estudios, y el resto, la manutención de los hijos, le tocaría a él. Así fue. Había hecho cursos en la Nacional de Comercio, el actual Manuel Olivares, y de allí resultó contador, pero también sabía de sastrería, y se dedicó a ejercerla.
Durante veinte años, estudió Medicina, trabajó como médico y por las noches en su casa cosía pantalones y camisas. Ya no.
Vega mantiene un semblante tan sonriente cuando recuerda episodios de su vida que pareciera que está contando mentiras. De su papá albañil y su mamá ama de casa recuerda que no solo a él lo ayudaron a convertirse en médico general, sino que también ayudaron a sus cuatro hermanos menores a ser profesionales.
El buen humor no abandona a Vega ante los pacientes. Uno a uno pasan los que están en las bancas, se sientan los que están de pie recostados en la malla del viejo galerón que desde fuera parece un viejo garaje y hasta un gallinero abandonado.
Dice que lo ha ido pagando poco a poco, que pronto será suyo y entre sus planes está transformar este lugar: construir una sala de consulta, una farmacia y un laboratorio. Ese es su sueño. Para eso trabaja alrededor de 16 horas diarias. Se jacta de que nunca se enferma. De que no hay expediente suyo abierto en ningún hospital. También de que no hace dietas ni ejercicios. Dice que su buena salud es fruto del trabajo. Ese es su secreto, por eso no falla. “La gente sabe que no decimos que no al trabajo”. Tal vez por eso cada tarde, cuando llega al consultorio en La Fuente, hay por lo menos una decena de gente esperándolo. “Desde la una viene la gente”, comenta una mujer que ha traído a un familiar esta tarde.
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