Acaso la peor de las pesadillas que atormentan a Daniel Ortega sea la que le impone su clara conciencia de que triunfar en una real elección es, para él, un imposible. De que solo mediante fraudes puede sobrevivir. Y no fraudes cualquiera. No: sus fraudes tienen que ser colosales y, por ende, de consecuencias imprevisibles. Fue precisamente para reducir las dimensiones de sus futuros fraudes que, mofándose de nuestra Constitución, empezó a afirmar que en Nicaragua se puede ganar una elección por mayoría simple. Desde luego en esto no está solo: cuenta con el apoyo de compinches prestos a reconocer los mágicos resultados de sus periódicas farsas, esos frutos de la imaginación de un grupo de individuos cuyo cabecilla es alguien a quien burlonamente encajó el mote de “Presidente del Consejo Supremo Electoral (CSE)”.
Es de sobra conocido que el ufano portador de dicho mote raudamente absorbió las mañas de la prestidigitación. Acicateado por un chantaje. Ello ocurrió algún tiempo atrás, cuando Ortega, apoyándose en los poderes que le concedió su pacto con Alemán, hizo pública su decisión de llevarlo ante sus tribunales de justicia. La acusación, en lo esencial: largos años de contrabando masivo aprovechando su posición de ejecutivo de Coprosa, organización religiosa que, para sus fines benéficos, disfrutaba de exoneración del pago de impuestos de introducción de bienes, y otros. La posible sanción: algunos años de cárcel, a menos que Comprensiblemente, no se conoció que la amenaza hubiera sido hecha extensible a Miguel Obando, padrino y superior jerárquico en Coprosa del ciudadano que nos ocupa
Con la situación al rojo vivo, ocurrió, aquel 1 de octubre de 2002, la visita de Ortega a Obando. Un buen rato hablaron, y tan convincentes y poderosos fueron los argumentos del primero, que una grande e instantánea conversión se operó ante los maravillados ojos del sacerdote: de haberla visto Darwin, quién sabe qué sería de la teoría de la evolución. Pues no todos los días una pérfida víbora se transforma, en cuestión de minutos, en un ser cristiano y solidario, un dechado de amor y generosidad hacia todos los nicaragüenses, particularmente hacia sus bien remunerados fámulos
Doce años después, escasamente un mes atrás, Ortega renovó el contrato del ciudadano “Presidente del CSE”: ¿por qué lo hizo? ¿Por qué, cuando el dictador puede encontrar cientos de voraces, arrastrados reemplazos a este ciudadano que ya no tiene más que dar y que, por el contrario, está convertido en objeto de repudio y fuente de conflictos? ¿Por qué pagar el precio político de mantenerlo, con todo y su feroz y pública corrupción? ¿Por agradecimiento? Dudoso, la historia de Ortega demuestra hasta la saciedad que esa palabra no figura en su diccionario. ¿Tan solo para poner en claro que nadie le tuerce el brazo, que el poder lo posee para exhibirlo y usarlo, que a nadie le quepa duda de ello? No me parece, hemos visto a Ortega retroceder en más de una ocasión. Entonces, ¿hay, por ventura, algo más?
Solo una respuesta se me ocurre: el “Presidente del CSE” no es puesto de patitas en la calle por presiones de Obando. Pero eso me lleva a otra pregunta: ¿De dónde sacaría un desacreditado Obando la capacidad de presionar a Ortega? Y explorando respuestas a esta nueva interrogante, no puedo menos que recordar una de las primeras actuaciones públicas del actual nuncio, aquella que juntó en un caluroso almuerzo a la Conferencia Episcopal, a la facción de Obando, y al dictador. No solo: evoco también la extrañeza que me produjo el que ninguna reacción pública mostró la Conferencia cuando Ortega alegremente, en vísperas de un diálogo con los obispos, anunció la renovación de un buen número de contratos, incluyendo el del “Presidente del CSE”. Mis preguntas finales: ¿Se está acaso gestando una nueva y sorprendente conversión? Y sus raíces: ¿yacen más allá de nuestro continente? El autor es dirigente del partido de acción ciudadana
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A