La Concordia es un municipio de Jinotega. Situado al suroeste de este extenso departamento; es pequeño, poco conocido, poco publicitado. Sin embargo tiene mucha historia, infiero que hoy olvidada o tergiversada.
A fines del siglo XVIII o principios del XIX vivía en San Rafael del Norte un criollo orgulloso y dueño de muchas caballerías de tierra en lo que actualmente es La Concordia y sus comarcas; La Mora y Los Calpules al norte, Valerio y hasta El Coyolito al Sur y oeste. Este gran señor, posiblemente de horca y cuchillo era don Pedro Rodríguez Lanza. Por diferencias con las autoridades de San Rafael, dispuso largarse del lugar. Efectivamente, se trasladó a sus tierras llevándose a su numerosa familia, sus ganados, sus árboles frutales y hasta la tierra de sus casas. Lo acompañaron en el éxodo sus amigos don Encarnación Rivera y don Santos Zamora. Eran tierras muy quebradas las de sus dominios, pero en un claro formado por dos planos inclinados, uno de Este a Oeste, otro de Norte a Sur, se fincaron y trazaron lo que sería el nuevo pueblo al que llamaron La Concordia, con los lineamientos habituales de los pueblos coloniales: Una plaza abierta, en el centro el templo, rodeando la plaza el cabildo y las casas de los señores principales. Partiendo de la plaza las calles cruzadas por incipientes avenidas. Hubo desde el principio cuatro manzanas bien definidas de 400 varas cuadradas cada una.
Con intención de permanencia trajeron el agua de una fuente que brota entre piedras abiertas por la fuerza de la corriente, hasta el centro de la plaza conducida en zanjas revestidas con tubos de barro; gesto caballeroso para que sus mujeres no tuvieran que acarrear el agua desde lejos. Las señoras Rodríguez, Rivera y Zamora, numerosas debieron ser entre matronas, nueras y doncellas en familias tan dilatadas, dice la leyenda, se desprendieron de sus joyas de oro para ser fundidas y convertirse en vasos sagrados para futuras misas.
San Rafael de la Concordia llamaron al principio al nuevo pueblo, luego, solo La Concordia. Todavía a mediados del siglo pasado en Segovia se decía: “Los delicados a La Concordia”. No era el decir por finos o sutiles que fueran los concordianos, era por su origen soberbio.
Idílicamente vivieron los concordianos pasada la Independencia (1821) hasta finales del siglo XIX. Muchas familias se fueron sumando a las fundadoras, Zeledón, Castilblanco, Morazán, procedentes de Honduras, Herrera, Arauz, López y otros, pero a principios del siglo XX jóvenes concordianos de apellido Zeledón fueron a estudiar a León y allá se casaron con jóvenes leonesas de apellido Orozco. Apodada la familia Orozco como “Los espiriones”, era gente de armas tomar. Por causas misteriosas estos Zeledón (dicen que instigados por sus bravías esposas) protagonizaron con los Rodríguez tremendas disputas que acabaron en prolongadas vendettas, versiones criollas de Capuletos y Montescos.
Abelino y Arístides Rodríguez y Francisco y Amando Zeledón se mataron entre ellos quedando vivo Arístides, malherido y tuberculoso, quien muere años después disparando obsesivo con el revólver en la mano. Participaron muchos concordianos en la lucha de Sandino contra los marines y la Guardia Nacional, sufrieron todos los horrores de la guerra por encontrarse entre dos fuerzas. Atacaban los sandinistas el pueblo y las comarcas por presunta colaboración con la guardia y los gringos y venía el Coto Gutiérrez con sus guardias arrasando las escuálidas comunidades por colaborar con los sandinistas.
Cuando en 1947 llegué a vivir a La Concordia como esposa de Napoleón Rodríguez, todos los intelectuales de Nicaragua éramos sandinistas sin importar el partido político en que se militara. Ansiosamente busqué huellas de la lucha, anécdotas, solo encontré un esquivo silencio. Toda la población era somocista. Los opositores éramos cuatro: don Aristeo Zeledón, don Isidro Rodríguez, don Andrés Briones y yo. El dictador Anastasio Somoza García había entregado la única comunicación eficiente de aquellos remotos pueblos segovianos, el telégrafo, a los miembros de la familia Arauz, hermanos, sobrinos, cuñados de doña Blanca Arauz, la esposa de Sandino. El viejo zorro controlaba así a sus más enconados adversarios, caídos en la miseria, y aseguraba un servicio de primera con los expertos Arauz, insustituibles telegrafistas.
Ni Pedro Antonio Arauz, el telegrafista de La Concordia, cuñado de Sandino y concuño mío por estar casado con una medio hermana de mi marido soltó prenda jamás ante mi fervorosa insistencia juvenil por conocer desde la fuente original pormenores de la lucha sandinista. El hombrecito (era pequeño, chele y gordito) solo sonreía y cambiaba de conversación ante mi ingenua insistencia. Acudí al padre Max Jarquín, esporádico cura párroco de La Concordia, pues también asistía a Yalí y él sí abrió las compuertas de aquella terrible y dolorosa historia vivida también por él, como seminarista y después como sacerdote. Me develó la causa del misterioso silencio y concluyó diciendo más o menos: Si usted va casa por casa hallará en cada una la triste historia de un despojo, una muerte, un abuso que la gente está obligada a olvidar a cambio de esta paz, impuesta, pero al fin paz. Hasta su suegro, señora, ayer coronel del ejército de Sandino es hoy diputado somocista.
Don Clemente Rodríguez López era un poderoso hacendado, versión moderna de don Pedro Rodríguez Lanza, pero convertido en apacible señor a quien yo bromeaba diciéndole: “Cuanto con la vista abarca desde el ancho parapeto a su yugo está sujeto” (Versos de un viejo poema de Núñez de Arce) y él contestaba: Todos mis chárrales producto de mi sudor”. Certísimo. La autora es profesora.
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