En nuestro país, huérfano de principios fundamentales como respeto, tolerancia y dignidad, entre otros, no existe por supuesto la palabra de honor, porque aquí simplemente el honor no existe, al menos el honor que involucra uno de los valores más preciados del hombre.
Repleto de personajes sin escrúpulos, que abundan entre la clase dirigencial política y económica de este olvidado terruño, el honor, si existe, es para agarrarlo a patadas y salivazos.
Por supuesto no se puede pedir a esta bandada de malandrines que conozcan la historia del coronel Carlos Fuero y su ejemplo, que dio vida a lo que más tarde se conoció como palabra de honor, concepto inexistente en estas tierras áridas de honradez y patriotismo.
A la caída de Querétaro durante la revolución mexicana quedó prisionero de los juaristas el general don Severo del Castillo, jefe del Estado Mayor de Maximiliano. Fue condenado a muerte, y su custodia se encomendó al coronel Carlos Fuero.
La víspera de la ejecución dormía el coronel Fuero, cuando su asistente lo despertó al ser mandado a llamar por el general Del Castillo, quien le dijo al coronel Fuero que como le quedaban unas cuantas horas de vida necesitaba confesarse y hacer su testamento y que para ello le mandara a traer a un cura y a un abogado.
El coronel Fuero le respondió que no había necesidad de mandarlos a llamar porque le daría permiso para que fuera personalmente a arreglar sus asuntos y que él se quedaría en su lugar como prisionero hasta que regresara.
Don Severo se quedó estupefacto. La muestra de confianza que le daba el joven coronel era extraordinaria.
Le preguntó emocionado sobre qué garantía tenía de que regresaría para enfrentar al pelotón de fusilamiento, su palabra de honor, mi general, le contestó Fuero.
El coronel Fuero dijo a los custodias que él ocuparía el lugar como prisionero del general Del Castillo, hasta que este regresara de su casa de arreglar unos asuntos.
Al día siguiente, cuando los superiores de Fuero se dieron cuenta, corrieron hacia la celda y lo encontraron durmiendo tranquilamente y lo increparon por su acción aparentemente irresponsable, a lo que Fuero respondió que si Del Catillo no regresaba lo fusilaran a él.
Pero en ese preciso momento se escucharon pasos en la acera y un grito a todo pulmón del general Del Castillo: aquí está de regreso un prisionero de guerra.
Cumpliendo su palabra de honor, el general volvía para ser fusilado.
Pero, el final de esta historia es muy feliz. El general Del Castillo no fue fusilado, Benito Juárez, el Benemérito, conmovido por la magnanimidad de los dos militares, indultó al general y suspendió cualquier procedimiento contra Fuero. Ambos hicieron honor a su palabra.
Claro, esto parece una historia de fantasía completamente inaplicable en una nación donde se vive de la caza y la pesca política y donde el honor, menos la palabra de honor, no existe.
El nombramiento de los nuevos funcionarios es como echar la mirada a una tierra sin esperanza. Los mismos engaños, las mismas maniobras donde los vivos resultan ser los babosos y estos siempre se le van arriba a los vivos. Es como la historia del Gatopardo: cambiar para que nada cambie. Estos nombramientos son los mismos de siempre. Aquí no cambiará nada, todo seguirá igual… o peor, sin honor que valga.
EL AUTOR ES DIRIGENTE HISTÓRICO SOCIALCRISTIANO.
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