Cuaresma y Semana Santa

El mundo cristiano de manera universal está viviendo la Semana Santa, que con todo el tiempo cuaresmal, es un espacio para la preparación espiritual hacia la Pascua cristiana. Por igual, el tiempo de la abstinencia, que lleva al espíritu a madurar en la fe perseverando en la caridad y el amor, el amor con el que se debe recordar el momento sublime cuando Jesús de Nazaret, dulce poesía de indefinible ternura, se transfigura en la “Nueva Pascua” conforme lo determinado en la profecía, legando a los hombres el sacrificio de su cuerpo, de su sangre derramada y el poder de su palabra liberadora.

La Cuaresma para el cristiano, es el tiempo señalado de la purificación, condición necesaria para ponerse en contacto con Dios, para perdonar, para restituir lo que debemos restituir y desde allí situarnos en la perspectiva de acercarnos a Jesús que nos ha bienaventurado en el drama más inmenso que han visto los siglos: su pasión y muerte.

En síntesis, la Cuaresma es un tiempo simbólico razonado por el orden cronológico descrito en el libro de Génesis, comprendido desde el día del Diluvio hasta el ayuno de Jesús en el desierto, quien como ángel del cielo considera que su misión en la Tierra es la de realizar el acto salvador que ha de redimir a la humanidad del pecado, lo cual demostró en el transcurso de su peregrino ministerio hasta llegar al sacrificio de su vida en el madero; acción divina, que en sí es la suma de la infamia y la crueldad; paradigma, trascendente del paráclito que implica al cielo y la tierra en el más excelente modelo de todo martirio y en la más sublime escuela del amor y del dolor.

Este tiempo desde su inicio nos recuerda “nuestra nada” —Momento, homo, quia pulvis es et in pulve revertiris— por lo que Dios señor de la vida, nos propone la perfección por la cual podemos aspirar al milagro de la conversión que nos llevaría al encuentro con Él, y es Él quien como centro de la vida y de la historia nos llama a conmemorar “La Nueva Pascua” abrigados en un sentimiento de esperanza motivados en la liberación interior que Jesús, peregrino de la paz, nos inspiró para distinguir cada día cómo es Dios y cómo somos nosotros.

Así pues bajo este contexto de fe nos acercamos a recordar que Cristo, milagro del amor, es la nueva alianza entre Dios y los hombres. Muchos acompañamos en las solemnidades de actos y oficios religiosos que la Iglesia realiza en Semana Santa, seguramente marchamos por calles adornadas con flores perfumadas con asomos del jazmín y el incienso, de alfombras ecológicas recibiendo el paso de Cristo acompañado del cromatismo excelente de marchas fúnebres tan profundas y sentidas como El Mesías de Haendel, La Primavera de Botticelli o La Agonía del Crepúsculo de Vega Matus.

Allí está presente la penitencia y la oración evocando a Cristo, como caminando con nosotros sin separarnos de su eternidad, agregándonos en una intensiva extensión de amor; señalándonos en su mirada el tesoro de su corazón que arde como en los profundos tratados de la poesía del alma que nadie puede leer porque Dios lo ha escrito.

Cristo, cuya pasión y muerte nos conmueve, es la ofrenda de amor bajado del cielo para ofrecerla en el altar de nuestra cotidianidad cuando los peligros, la adversidad o el abandono nos acechen. La luz de la fraternidad humana que alimenta y enseña a conocer el amor de los que amamos. Sentir cariño por los que no conocemos, por los que velan nuestros sueños y nuestra soledad; así extendió sus brazos en el madero y en un acto de suprema belleza nos entregó el carmesí de su sangre redentora para mostrarnos que el amor verdadero lleva al sacrificio y repetirnos: “Yo soy el camino, la verdad y la vida, todo aquel que cree en Mí aunque esté muerto vivirá”. El autor es historiador.

COMENTARIOS

  1. El pregunton
    Hace 12 años

    El hermano de Ronald Reagan?

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