Alejandro Serrano Caldera

El pensamiento ante la realidad

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Promovidos y organizados por el Instituto de Ética, Valores y Desarrollo de la Universidad Americana (UAM) se vienen realizando desde hace algunos años, una serie de foros-debates sobre el tema del pensamiento crítico, los más recientes llevados a cabo el 18 de marzo pasado sobre el tema Pensamiento y Acción: dos aspectos de una misma realidad, y el 23 de ese mismo mes, Octavio Paz: el intelectual y la Política, en homenaje al centenario del nacimiento del gran escritor mexicano.

 

Sin duda alguna el tema del pensamiento crítico es algo de gran trascendencia en el momento actual, no solo por la significación que tiene en sí mismo, sino porque la realidad contemporánea lo presenta como uno de sus problemas fundamentales. En efecto, el momento que vive la humanidad indica que se ha debilitado el modelo conceptual jurídico, político y filosófico de la modernidad, siendo esta una expresión de fondo por la crisis que se padece actualmente.

 

El capitalismo corporativo transnacional y su expresión más visible de la globalización ha debilitado la institucionalidad, el Estado de Derecho y la democracia, aunque aparezca en forma retórica como la expresión de este sistema y sus valores, en lo que concierne al aspecto económico y financiero. La ruptura entre el enunciado y la realidad —entre la teoría que pretende presentar al mercado absoluto como la expresión suprema del sistema democrático— deja un vacío que es ya una crisis ante la cual se requiere de un nuevo pensamiento que proponga la posibilidad de una realidad alternativa.

 

La globalización consiste en una práctica y un concepto que busca convalidar un modelo homogéneo, a partir del cual se van generando las diferentes manifestaciones de la historia. Se trata de un modelo único, de un arquetipo global que pretende ser la forma común de todas las sociedades, cualquiera sea su naturaleza, historia o identidad.

 

Este problema de la globalización se ve a través de la generalización de determinadas categorías económicas, políticas y sociales y de los efectos producidos por una aceleración vertiginosa en los cambios de la tecnología.

 

El riesgo para la cultura es muy grande, pues se enfrenta a un desafío que, por una parte, podría permitir desarrollar los verdaderos valores universales —dentro de los cuales están incluidos los propios— o perecer culturalmente en la avalancha de una especulación financiera y una tecnificación que no se detiene ante la identidad de las culturas, ni ante las diferencias.

 

A pesar de la crisis interna y externa que el modelo ha experimentado a partir de los últimos años, no ha surgido todavía una propuesta alternativa que sustituya esa estrategia que pretende la globalización y transnacionalización, no solo de la economía y los mecanismos financieros, sino la globalización y transnacionalización de los modelos sociales, políticos y culturales que de alguna forma esperan imponer como paradigmas al servicio del sistema financiero especulativo mundial.

 

Frente a la razón instrumental, que constituye la lógica de este proceso de transnacionalización, es necesario trabajar en la elaboración de una filosofía moral que humanice ese alucinante proceso y descodifique los signos que la realidad política, social y cultural posindustrial conlleva. Lo primero es desmontar la identidad que se trata de establecer entre transnacionalización, globalización y uniformidad con la universalidad. Uniformidad no es universalidad; lo homogéneo no es universal, pues la homogeneidad se logra restringiendo o anulando las posibilidades de otras expresiones culturales, es decir, lo homogéneo no es síntesis de diferentes manifestaciones, sino imposición unilateral, pues no hay que olvidar que lo que uniforma no une, sino somete.

 

Lo verdaderamente universal en la cultura es lo que unifica en su propia heterogeneidad, dentro de una articulación determinada que permite no solo que las culturas diferentes coexistan, sino que sean capaces de retroalimentarse. Este es uno de los desafíos a los que se enfrenta el pensamiento contemporáneo: construir una ética universal de la racionalidad y los valores, para, entre otras cosas, asumir en forma crítica los sistemas tecnológicos, de manera que pueda aprovecharse lo mejor que conlleva la maravillosa experiencia de la ciencia y la tecnología, y a la vez evitar que una transferencia cultural acrítica e inconsciente conduzca a la abolición de la pluralidad cultural o a la confrontación ciega e irracional.

 

Una ética de los valores exige desde el principio señalar la crisis que, en buena parte, se debe a la pérdida considerable de autenticidad y a la adopción mecánica de los paradigmas de la sociedad de consumo, que se perfilan detrás de la deconstrucción y fragmentación de los arquetipos de la modernidad.

 

En la medida en que sea posible generar estas alternativas filosóficas y éticas, también será posible orientar el proceso de transformaciones tecnológicas hacia un sentido humano y social. La filosofía no puede dejar pasar estos acontecimientos, pues la necesaria integración de la teoría y la práctica es lo que puede permitir reorientar los procesos de deshumanización financiera, movida únicamente por el afán de enriquecimiento sin importar los medios utilizados para ese fin.

 

No se debe aceptar un mundo financiero y robotizado como ideal de la humanidad. Es necesario un mundo humano donde la economía esté al servicio de los valores y no los valores y el ser humano al servicio de los intereses de enriquecimiento y acumulación.

 

Si no se construye una formulación clara de los riesgos y las alternativas frente a la transnacionalización global posmoderna y posindustrial, si no se adquiere conciencia de la necesidad de asumir con sentido crítico desde la plataforma de nuestra propia cultura la idea y el proceso del desarrollo contemporáneo, estaremos asistiendo a la sepultura de las culturas, de las diferencias y las identidades.

 

Es importante construir un pensamiento que reoriente la realidad; su ausencia deja un vacío que es preciso llenar con una propuesta integral de sociedad, reafirmando nuestras culturas y planteando la ética de la alteridad, del respeto a las diferencias culturales y de la solidaridad; un pensamiento capaz de proponer una nueva escala de valores frente a los cambios de nuestro tiempo y una filosofía política que entienda verdaderamente, y no en forma demagógica, a la política como el arte del bien común y que se dirija a la identificación y fortalecimiento de nuevos sujetos históricos en la sociedad civil y la ciudadanía.

 

Esta filosofía debe revisar la vigencia de los actuales conceptos de Política, Soberanía, Estado, Nación, entendida esta última como proyecto cultural, moral y humano, abierto a una verdadera universalidad, diferente a la globalización uniformadora del sistema financiero especulativo y el capitalismo corporativo transnacional.

 

En síntesis, la crisis actual exige la elaboración y aplicación de una propuesta racional de sociedad mundial, en la que sea posible la libertad de mercado sin destruir la libertad y derechos fundamentales de la persona. Donde coexistan en forma necesariamente complementaria la libertad y justicia, desarrollo económico y bienestar social, y se reafirme la idea de que el ser humano es el sujeto y destinatario de la historia.

 

El autor es jurista, filósofo y escritor nicaragüense.

 

COMENTARIOS

  1. Mucius Scaevola
    Hace 12 años

    Dr Serrano, lo felicito X su conferencia y digo esto, pues, es dificil de digerir y es para un auditorio culto y professional.La cultura heterogenea y diversa, unida por valores universals,como el Derecho Natural, seria lo ideal.Y, todo apoyado en sistemas juridicos que protegan al ciudadano frente al Estado y las Corporaciones, sobretodo las FINANCIERAS k son los k han causado por su apetito voraz esta hecatombe financiera.No son las multinacionales manufactureras las culpables!!

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