El jueves de esta semana la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU) aprobó una resolución de condena a Rusia, por haberse anexado la península de Crimea por medio de la fuerza.
Por esta anexión ejecutada mediante la intervención de fuerzas armadas, los mandos y tropas de la flota de guerra rusa del Mar Negro fueron felicitados por el presidente Vladimir Putin, quien señaló que “los acontecimientos en Crimea fueron un examen. Demostraron las nuevas capacidades de nuestras fuerzas armadas y la moral sólida de los hombres”, según reportó la agencia France Press. Lo cual se puede interpretar como una advertencia de Putin, de que el “examen” de Crimea ha sido un ensayo para otras anexiones territoriales en la misma Ucrania y demás países vecinos en los que hay población rusa.
El ministerio ruso de Relaciones Exteriores trató de minimizar el impacto de la resolución de las Naciones Unidas , diciendo que “el gran número de abstenciones y de ausentes es un testimonio elocuente del rechazo a una interpretación parcial de los acontecimientos en Ucrania”. Pero esas son solo palabras. El hecho es que Rusia fue condenada expresamente por la ONU con 100 votos a favor, apenas 11 en contra y 58 abstenciones.
Desde la perspectiva del derecho de las naciones a la autodeterminación, no cabe duda de que la población rusa de Crimea tiene derecho a pertenecer a Rusia si tal es su voluntad. Pero de conformidad con la Carta de las Naciones Unidas y de acuerdo con los términos del Pacto de Budapest de 1994 entre Rusia, Estados Unidos, el Reino Unido y Ucrania (mediante el cual se garantizó la integridad territorial de la República de Ucrania a cambio de su renuncia a la posesión de armas nucleares), la anexión de Crimea ha sido una violación flagrante del derecho internacional. Por eso es que las Naciones Unidas han condenado la anexión de Crimea a pesar de que Rusia goza de muchas simpatías y tiene bastante ascendiente político en esa organización intergubernamental.
En Nicaragua los acontecimientos de Ucrania y Crimea son seguidos con mucho interés, porque el régimen de Daniel Ortega está colocando de nuevo al país en la órbita de la geopolítica rusa, igual que lo hizo en los años ochenta cuando Rusia se llamaba Unión Soviética.
En realidad, por su producto interno bruto que es más o menos igual que el de Italia y menor que el de Brasil y del Estado de California, Rusia no es una potencia mundial, sino regional, como la definió esta semana el presidente estadounidense Barack Obama durante su visita a Europa. Pero Rusia tiene un gran poderío militar, inclusive posee más armas atómicas que Estados Unidos y es obvio que bajo el liderazgo de Putin está empeñada en restaurar sus glorias imperiales y geopolíticas del pasado.
La arrogancia imperialista de las autoridades rusas llega al extremo de asegurar que están planeando la instalación de una base militar en Nicaragua, sabiendo como deben saber que la Constitución nicaragüense no lo permite. Y ante la reacción de la sociedad nicaragüense que no quiere que el país vuelva a ser instrumento de ninguna potencia hegemónica, tratan de solapar su proyecto diciendo que lo que quieren es solo establecer un “punto de abastecimiento” de su flota naval y aérea.
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