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En Simferópol, capital de la región ucraniana de Crimea anexada por Rusia, Vyacheslav Luniov se sumó a una aglomeración de habitantes locales que pugnaban por colocar su dinero en la sucursal de Sberbank de la calle Karl Marx.
Mientras Rusia completaba la absorción de la península del Mar Negro, Luniov, de 48 años, abrió una cuenta en el banco con sede central en Moscú y comenzó a cambiar las grivnas por rublos para proteger su sociedad mercantil de posibles dificultades financieras. Luniov dijo que se vio impulsado a actuar cuando el banco ucraniano, con el que trabaja desde hace años, limitó las extracciones.
“Me preocupaban mi empresa y mi dinero ya antes del referéndum”, señaló Luniov, mientras esperaba en la fila de clientes que salía de la puerta del banco, ubicado en la avenida que lleva el nombre de Marx.
SE PROTEGEN
Mientras Occidente y Rusia siguen enredados en la peor crisis política desde el fin de la Guerra Fría, los crimeos buscan atenuar el efecto de cambiar de país de un momento para otro. Si bien la mayor parte de la región habla ruso y muchos habitantes ya enarbolan banderas rusas, deben prepararse para cambios legales, políticos y de seguridad que inevitablemente alterarán la vida diaria.
En Simferópol, ciudad donde los destartalados comercios de la era soviética se mezclan con las tiendas de diseñador frecuentadas por los turistas rusos ricos, pueden verse Ladas de diseño comunista reparados con cinta adhesiva plateada, estacionados sobre un pavimento irregular junto con autos de lujo BMW y Mercedes último modelo.
En los lugares de votación del referéndum del 16 de marzo, que aprobó la escisión de la región de Ucrania —que Kiev, Estados Unidos y la UE consideran ilegal—, las autoridades municipales colgaron pancartas con “diez garantías para Crimea”, entre ellas los seguros para las propiedades, el derecho de los niños de asistir a escuelas rusas y atención médica básica.
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