Wilfredo Montalván
Basta analizar los índices estadísticos de Nicaragua en lo político, lo económico y lo social para darnos cuenta de que la gestión gubernamental del FSLN, encabezado por Daniel Ortega y su consorte, es un rotundo fracaso. Después de 35 años de gobernar desde arriba y desde abajo, Nicaragua sigue siendo uno de los más pobres de América Latina y su población sufre los embates del desempleo, de la falta de una educación de calidad y de una salud pública adecuada, como consecuencia de esa misma pobreza entronizada por el partido que, en franca violación de la Constitución, se encuentra actualmente en el poder.
La verdad es que el FSLN, que en 1979 fue la esperanza del pueblo al abatir a la corrupta dictadura somocista, hoy no se sabe ni lo que es y más bien se nos presenta como una pandilla de aventureros que, valiéndose de maniobras maquiavélicas y del respaldo incondicional de los palafreneros del Ejército y la Policía, se han mantenido en el gobierno y pretenden perpetuarse en él a espaldas de la voluntad mayoritaria de los nicaragüenses. Cuatro escandalosos fraudes electorales sucesivos así lo demuestran.
Primero se presentaron como marxistas-leninistas- revolucionarios. Trataron de abolir la propiedad privada usando esta como mampara para apoderarse de casas, terrenos, haciendas, empresas, etc., que supuestamente pasarían a poder del Estado con fines de beneficio público. Y ahora que son propietarios, producto de la rapiña y del despojo, se presentan como neofascistas siguiendo las consignas obsoletas y fracasadas de Mussolini, que en las décadas de los treinta y los cuarenta del siglo pasado trató de implantar en Italia, hasta que esta fue vencida por las democracias occidentales y sus aliados en 1945. El colmo de los colmos es que han puesto a Nicaragua en venta como en un bazar: ya le entregaron a un consorcio chino de dudosa reputación la concesión para la construcción de un Canal y ahora, según los cables internacionales, están negociando con los rusos la instalación de una base militar que a la hora de una conflagración mundial ¡Dios no lo permita! será de catastróficas consecuencias no solo para nuestra población sino también para los demás pueblos centroamericanos.
Independientemente de que sean marxistas–leninistas por amor a Castro, o neofascistas por devoción a Chávez, a los nicaragüenses lo que más debe interesar son los resultados de su gestión al frente del Estado. Caso insólito: alrededor del veinte por ciento de los nativos nicaragüenses nos encontramos en el extranjero y el 57 por ciento de nuestros jóvenes desean salir del país si encontraran otro destino que los acogiese. Da tristeza ver las enormes colas en los puestos fronterizos y constatar que el 80 por ciento de los que salen no piensan regresar al país.
Se ha dicho hasta la saciedad que Nicaragua no es un país pobre sino empobrecido. Y quienes tal dicen, tienen toda la razón. Estamos en el corazón de las Américas; con mares a uno y otro lado; con exuberantes tierras, ricas en recursos naturales; con una población extraordinariamente trabajadora (vayan y pregunten en Miami o Costa Rica) de tal manera que también tiene razón, aunque duela, lo que me dijo un periodista sueco en una conferencia internacional: “Ustedes los nicaragüenses son mendigos sentados en un trono de oro”. Lo que pasa es que hemos tenido malos administradores, cuya única preocupación ha sido enriquecerse a costa del erario sin importarles la suerte del país. Y cuando los administradores fallan, solo existe una solución: Hay que cambiarlos.
Hay quienes además de atosigar al pueblo con fantásticas promesas (canales interoceánicos, refinerías, trenes imaginarios y satélites siderales) alardean con un cuatro por ciento de crecimiento económico que dicen tuvo Nicaragua en el 2013. Nuestra patria puede mucho más, pero es de imperativa necesidad crear las condiciones fundamentales para que esto se produzca. Y es obvio que el binomio Ortega-Murillo y su comparsa, el FSLN, no tienen capacidad ni disposición para producir estos cambios, por lo que hay que cambiarlos. Ya es hora de que los nicaragüenses dejemos de estar como mendigos, con la mano extendida, dependiendo de la ayuda que quieran proporcionarnos Estados Unidos, Rusia, Venezuela o cuanto gobierno foráneo se decida a pagar la factura de nuestros desaciertos y nuestras sinvergüenzadas. El autor es periodista y Secretario General de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE).