Fernando Bárcenas
En algunas escuelas de periodismo se enseña, como si fuese una clase de ética, que un rumor no es noticia. Distinguiendo, así, una información no comprobada de aquella que cumple con los criterios de veracidad contrastada. Esto es válido en un horizonte muy restringido, pero, resulta pueril que dentro de ese ámbito sencillo y simplificado se dé pie a una regla de conducta profesional de las comunicaciones (máxime cuando las modernas tecnologías han desbordado, masivamente, la deontología periodística).
Con las nuevas tecnologías informáticas, lo que se requiere es construir una sociedad sana. Que empieza por la meritocracia en los cargos estatales. Por la rendición de cuentas, de forma transparente, de todos los funcionarios. Por la capacidad de removerlos. Incluso, por medio de referendos revocatorios, cuando se trata del primer mandatario.
Entre el rumor y la noticia existe una relación dialéctica, difícil, por ello, de comprender con el uso de la lógica. Baste, sin embargo, considerar que si el rumor tiene efectos dramáticos en la realidad, como tal es un hecho noticioso, que no se puede descartar con el simple calificativo de información no comprobada.
Habrá que distinguir, con un análisis concreto (no mediante una regla de conducta), entre aquellos rumores que pese a sus carencias tienen dentro de la incertidumbre un contenido noticioso, de aquellos que no pasan de ser un producto irresponsable.
La incertidumbre cubre buena parte de nuestra capacidad cognoscitiva actual, porque la realidad está cargada de interacciones no determinísticas. Hemos debido recurrir a la teoría de probabilidades para adoptar decisiones acertadas, con una metodología científica. Es decir, hemos adquirido la habilidad de hacer conjeturas matemáticas para resolver problemas estocásticos. Sobre todo, cuando fenómenos complejos resultan de múltiples interacciones individuales imprevisibles. Es por ello, que el aleteo de una mariposa en algún sitio provoca una tormenta.
En tal sentido, la especulación que pueda haber suscitado la ausencia de Daniel Ortega, sin explicación de parte de la secretaría de prensa (como sería de rigor en cualquier país con sentido de responsabilidad de parte de los funcionarios estatales), se percibe como un abuso más del poder. La sorpresiva aparición de Ortega es una planificada derrota para quienes se limitan a soñar con cambios imprevistos, de carácter personal, como contraparte ilógica al peso aberrante del absolutismo. Una mente retorcida juega en el campo de la patología mental, con maniobras psicológicas de incomunicación tendenciosa.
Por ello, el rumor que ha suscitado la ausencia misteriosa de Ortega, es noticia. Las conjeturas que se formaron son noticia. El odio que alimentó y deformó al rumor inicial es noticia. Todo ello, revela una anomalía, una enfermedad social. La ausencia inexplicable de Ortega es anómala. Las consecuencias posibles de que un caudillo absolutista enferme es una anomalía que encierra la posibilidad de una inestabilidad política grave. Los sentimientos de odio que afloran ante la posibilidad del cambio por causas naturales es una anomalía de una sociedad peligrosamente deformada por el poder omnímodo del tirano.
La enseñanza de ello es que la sociedad está preñada de tensiones ocultas y de inconformidad. La ausencia injustificada de Ortega es una cartilla de tornasol con la que se ha podido medir la presencia de fuerzas centrífugas acumuladas. Y ello es noticia.
La anarquía, que insufló al rumor como un globo, es una noticia viva, llena de contradicciones. Que no se puede contrastar como se hace con una verdad sencilla sino que lidia con la incertidumbre que caracteriza este proceso absolutista, que impone una ideología errática, y que al servicio de la corrupción conduce a la desintegración de la nación.
El rumor sobre la salud del tirano, agigantado por el silencio que impone el poder, más que una noticia, es un síntoma de que un sentido de rebelión, que no tiene cómo liberarse gradualmente, yace agazapado y aguarda de forma explosiva una coyuntura incierta.
Alguien, interesadamente, pide a los medios que se excusen por divulgar el rumor. Este rumor es un balón aerostático propulsado por los fluidos sociales, que se ha dejado llevar por las corrientes y que tiende a subir, como cualquier globo, por el aire caliente. Si acaso, habría que analizar qué indican los sensores adheridos a la barquilla del balón. El autor es ingeniero eléctrico.