Justo Pastor Ramos

El milagro de la fe

Nindirí, un pueblo creyente de la doctrina de Cristo Salvador, conmemora este 16 de marzo, con profunda religiosidad el suceso más dramático que en su historia ha vivido, el cual se recuerda en lo más recóndito de la memoria.

 

Un suceso provocado por la naturaleza ígnea de los volcanes con grandes consecuencias en la vida y propiedad de los moradores del viejo asiento de los chorotegas, ocurridos un martes 16 de marzo de 1772.

 

La oralidad popular afirma que este día había llegado resplandecido por la transparencia otoñal del cielo mismo, que el albor matinal, entretejido de colores, parecía traer suspiros de música celestial, un amanecer de vida y de luz reverbereando entre los árboles y el tiempo. Mas la primavera se asomaba por los dinteles de la aurora con la hierba humedecida por los cristales del rocío, apasionada y reveladora.

 

Los ovíparos pájaros de linaje primigenio, como perpetuando el instante, desfloraban el cáliz perfumado de las flores del Lilán embalsamando el aire que despierta el chillido de la cigarra, mientras en el enebro el gemir de la alondra, sutil y excitante, se derrama entre la alameda, cual la canción del alma.

 

Por instante el tiempo se detiene, son las diez de la mañana, un gran temblor subterráneo, uno y otro más, interrumpen el aire tranquilo del día que parecía tener el encanto de un mundo mágico.

 

De manera que las horas continúan descifrando el momento hasta llegando a las diez de la mañana cuando desde la cima del volcán Santiago se escucha un infernal estruendo, cuyo eco va resonando en la montaña, precediéndole de inmediato una intensa fumarola cargada de gases anhídrido sulfuroso y de ácido clorhídrico, oscureciendo totalmente el espacio.

 

Inmediatamente una colada de candente lava se desliza desde el mismo cono en erupción, por el lado norte hacia Managua y, por el lado este, hacia la laguna en la cual penetra con gran ebullición. Ante tal situación los nindirises abandonan desesperados sus viviendas, echando a correr sin rumbo ni dirección hasta encontrarse frente a la iglesia El Calvario en la que permanecía el Señor de la Misericordia, escultural imagen que había llegado a Nindirí en el año de 1660 como un obsequio para esta iglesia de la Reina Ana de Austria, esposa de Felipe IV Rey de España.

 

El pueblo en manifiesta desesperación tomó en sus manos a esta imagen, la que llevan en procesional penitencia, por las calles adyacentes del poblado hasta llegar al borde del abismo que rodea a la laguna donde fue colocada implorando misericordia al divino creador de la vida. La actividad era infernal —se dice— temblores, grandes ruidos, una inmensa corriente de fuego expidiendo un calor insoportable entre el pueblo que, entre llanto y rogativa, esperaba un milagro. Situación que luego aumentó cuando una gran “bola de fuego” (piroclasto o lava fragmentada de forma amigdaloides), producto de la erupción, llamado “bomba”, se venía sobre la penitente muchedumbre. Un silencio profundo acalló el instante, y el santo crucificado extendiendo su brazo derecho desprendido del madero, trazó un círculo en el vacío y, la “bola de fuego”, se desvió hacia la laguna donde fue a caer.

 

Luego —sigue diciendo la leyenda— el fuego se apagó. Cesaron los estruendos y la candente lava amainó su furor, la calma llegó… Una fresca brisa se viene sobre la tierra y el lucero del alba irradió su luz allá en el horizonte ¡El milagro esperado se había realizado! Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve (Hebreos 11:1-2).

 

El Señor de la Misericordia ya no sería más. Ahora y, para siempre, Señor de los Milagros sería llamado. Así lo escribió la historia, así lo conocería el tiempo y así viviría en el corazón del creyente que, entre llanto y oración, esperó con el arrullo del canto que en el florido limonero se anidó para derramar lluvia de azahares sobre el cuerpo de la tierra que experimentó hace 242 años el portento divino del milagro de la fe. El autor es historiador.

 

 


 

Editorial Fe Milagro archivo

COMENTARIOS

  1. Rolando R. Raudez
    Hace 12 años

    Que belleza de escrito de Don Justo Pastor Ramos, es todo un poeta y narrador nato, quien ademas es historiador. Espero que lo relatado por este exquisito historiador, pase a formar parte de la historia de fe en nuestra patria, si todavia no lo es. Yo humildemente le pido a Don Justo que lo imprima en un libro de bolsillo, para hacerlo llegar a muchas personas, que como yo, sabran apreciarlo. Rolando R. Raudez. Los Angeles, Ca. E.U.A.

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