Mañana será el referendo de Crimea, en el cual la población votará si quiere seguir perteneciendo a Ucrania o prefiere unirse a la Federación de Rusia, la gran potencia vecina.
Pero la verdad es que Crimea, cuya población es mayoritariamente rusa, prácticamente ya ha sido anexada por Rusia. Desde que el exdictador Víctor Yanukovich huyó de Ucrania el 22 de febrero pasado, Crimea —que ha pertenecido a Ucrania con el estatus de República autónoma— fue invadida por fuerzas militares rusas. Al mismo tiempo, grupos políticos armados, rusófonos y rusófilos, se tomaron por la fuerza el gobierno local ante la impotencia de las nuevas autoridades ucranianas y la ineficaz protesta de Estados Unidos y la Unión Europea.
La historia de Crimea es dramática, como la de todos aquellos territorios estratégicos codiciados por países vecinos más fuertes y de apetitos imperiales. A lo largo de su historia, Crimea fue dominada, primero por los griegos y después por los romanos, los godos y otros invasores bárbaros, los tártaros, los turcos y los rusos, desde 1783, cuando fue conquistada por el imperio zarista liderado por la zarina (reina) de origen alemán, Catalina la Grande.
Con el triunfo de la revolución bolchevique de 1917 y la formación de la Unión Soviética en 1922, Crimea quedó incorporada al imperio comunista ruso como República Soviética Autónoma. En 1954, Crimea fue cedida por Nikita Jruschov a la Ucrania soviética, dentro de la cual quedó con el mismo rango de República Autónoma. En 1991 Crimea confirmó, a través de un referendo, que quería seguir siendo parte autónoma de Ucrania. En enero de 1992 el parlamento de Rusia anuló la transferencia a Ucrania que hizo Jruschov en 1954, y en mayo de ese mismo año, Crimea declaró su independencia. Apenas ocho días después, Ucrania anuló tal declaración y Crimea siguió siendo República Autónoma ucraniana.
Pero el 60 por ciento de los más o menos 2.2 millones de habitantes de Crimea, son rusos, gente apegada a las costumbres, tradiciones y cultura de Rusia, incluyendo la lengua, mientras que la población ucraniana representa solo el 24 por ciento. El resto son tártaros, bielorrusos, armenios, judíos y otros grupos minoritarios entre los cuales hay incluso alemanes, griegos y coreanos.
De manera que es fácil prever que el resultado del referendo de mañana será la anexión de Crimea a Rusia, probablemente como otra república autónoma de la Federación Rusa, la número 22. Esto no lo podrán impedir Estados Unidos y la Unión Europea con declaraciones verbales y amenazas de tibias sanciones, que no hacen mella en una Rusia que ha recuperado sus ínfulas de gran potencia y va restituyendo poco a poco partes de su antigua geografía imperial y sus zonas de influencia. Y que pretende hasta establecer una base militar en Nicaragua, en las mimas barbas del envejecido y alicaído Tío Sam.
En abril de 2005, el presidente ruso Vladimir Putin expresó que la disolución de la Unión Soviética fue la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX y proclamó la “necesidad” de defender los valores y la comunidad histórica de Rusia. Tres años después se apoderó de Osetia del Sur y de Abjasia y era de esperarse que quisiera seguir después, con otros territorios que formaron parte del antiguo imperio ruso, del zarista y del soviético.
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