En la columna de la semana pasada, Los amantes de Babilonia, mencioné al poeta clásico romano Ovidio (Publius Ovidius Nasos), porque fue él quien relató en su poema épico Las Metamorfosis, la leyenda del trágico amor de los jóvenes babilonios Píramo y Tisbe. Leyenda que inspiró después otras historias de amores legendarios, como el de Romeo y Julieta, del británico Wiliam Shakespeare y Los Amantes de Teruel, de origen anónimo pero reescrita por el clásico dramaturgo y poeta del Siglo de Oro Español, Tirso de Molina.
Ovidio nació en el año 41 antes de Cristo y murió en el 17 de la era cristiana. Era la época del reinado de Augusto César, en la cual, según el historiador universal y escritor de ciencia ficción rusoestadounidense, Isac Asimov, hubo un gran florecimiento de la cultura. Durante ese período, surgieron y brillaron insignes poetas, narradores e historiadores latinos, como Virgilio, Horacio, Livio y el ya mencionado Ovidio. Pienso que no fue por casualidad —sino por una necesidad histórica— que aquella fuera también la época de Mecenas (Cayo Cilnio), un hombre inmensamente rico quien fue confidente y ministro del emperador Augusto. Mecenas invirtió su inmensa fortuna en el fomento y financiamiento de las artes y la cultura en todas sus expresiones. Por su nombre y de su generosidad cultural devino el concepto de mecenazgo, el cual se aplica a aquellas ricas personas y entidades que apoyan materialmente o protegen por medio de su influencia y aportes económicos, a poetas, escritores, artistas, científicos y hacedores de cultura en general.
¡Vaya! Alguien o algo como eso es lo que está necesitando en Nicaragua el Festival Internacional de la Poesía de Granada, Nicaragua (y digo esto en mérito del amigo poeta Francisco de Asís Fernández, admirable promotor, inspirador y conductor de ese evento cultural anual que ha colocado a Nicaragua en el escenario del acontecer cultural mundial).
Virgilio, autor de La Eneida y de otros poemas épicos clásicos de la antigua literatura latina, fue uno de los protegidos por Mecenas, según cuenta el historiador Azimov. Ovidio, en cambio, no necesitó la protección de Mecenas, pues se hizo muy rico después de heredar a su acaudalado padre y “sus poemas fueron suficientemente populares durante su vida”. De manera que —asegura el historiador— Ovidio no necesitó padrinazgo y por eso pudo ser un poeta y escritor independiente.
Pero precisamente por esa independencia personal y por su escritura desenfadada (inclusive procaz) Ovidio tuvo que sufrir graves problemas políticos y personales, ya que sus escritos y su estilo irreverente y directo desagradaban a Augusto Cesar, quien quería moralizar a la sociedad romana y se proclamaba defensor del matrimonio y la familia. Lo peor para Ovidio fue que se involucró en una relación escandalosa con la hija de Augusto César llamada Julia la Mayor, célebre por su promiscuidad sexual.
Debido a sus continuos escándalos sexuales e infidelidades matrimoniales, Julia fue enviada al exilio por su propio padre, a una isla del Mar Tirreno llamada Pandataria, y después a Calabria, donde permaneció hasta la muerte de Augusto. Ovidio, por su parte, fue desterrado a una lejana ciudad del imperio romano situada a orillas del Mar Negro, que entonces se llamaba Tomis (nombrada así por la legendaria reina guerrera Tomiri que derrotó al poderoso emperador oriental Ciro de Persia) y ahora se llama Constanza. En esa ciudad que ahora se llama Constanza y pertenece a Rumania, vivió Ovidio hasta sus últimosdías. Ovidio escribió varias obras que son patrimonio literario y cultural de la humanidad, entre ellas Las Metamorfosis , en la que narra las transformaciones de algunos personajes mitológicos y cuenta historias de grandes amores, como la tragedia romántica de los jóvenes babilonios Píramo y Tisbe.
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