Fernando Bárcenas
Mauricio Peralta (catedrático de economía de la Universidad Thomas More) escribió en LA PRENSA del 27 de febrero, un artículo que tituló: “Interrogantes salariales”. Como si el debate al respecto del salario mínimo, más que un conflicto social fundamental, fuese sólo una interrogante conceptual, a la que se le daría una respuesta exclusivamente técnica.
Esta idea, conlleva un error en doble sentido. Primero, porque las condiciones de vida y de trabajo de los asalariados trascienden el ámbito puramente económico (tanto así, que determinan saltos cualitativos de conciencia, en grado de inducir transformaciones revolucionarias del sistema económico); y, en segundo término, porque dentro del campo restringido de la economía encontramos no sólo teorías distintas, sino, incluso, contrapuestas.
La economía real, en nuestro país, se orienta conforme relaciones de producción atrasadas, afines a privilegios especulativos empresariales, y a las alianzas nacionales e internacionales de estos empresarios.
No hay una economía neutral. Es decir, no hay un sistema que no responda a una clase social dominante. Por ello, cuando a causa de su estancamiento es necesario transformarlo, se producen convulsiones sociales determinantes.
De manera, que aún en el ámbito puramente académico, hay una diferencia dramática con el concepto que Peralta tiene de la economía, como una disciplina exclusivamente técnica que le daría vida permanente al subdesarrollo. La pregunta esencial es: ¿se hace necesario transformar el sistema económico atrasado de nuestra realidad?
Desde el idealismo retórico, Peralta no puede, siquiera, concebir esta pregunta. Demasiado humana para su simplismo conceptual pro-oligárquico.
En su artículo expresa, crudamente, verdades inaceptables que la ideología dominante se ha esforzado, con ahínco, por ocultar durante siglos. Él muestra las cartas marcadas con las que juega el sistema actual. Efectivamente, escribe con aspereza: “¿Cómo varía el salario? Como cualquier otro servicio, por las leyes de la oferta y de la demanda”.
Para Peralta, el obrero es una mercancía como otra cualquiera. Su vida, su función social, dependen sólo de la oferta y la demanda. Para su concepción económica pre-capitalista, la mano de obra es un factor de producción inerte, y la calidad humana de los trabajadores no es una variable a considerar. De este modo, no es necesario un pensamiento estratégico de desarrollo de las fuerzas productivas al servicio de la satisfacción de crecientes necesidades humanas de la población.
Peralta lo reafirma, sin sonrojo:
“Fijar salarios en base a inflaciones pasadas crea inercias inflacionarias innecesarias, que actúan como «camisas de fuerzas» en nuestros esfuerzos por producir a menores costos futuros”.
Peralta insiste en desestimar la degeneración de las condiciones de vida y de trabajo de los ciudadanos. ¿La capacidad de consumo es una inercia innecesaria contra los costos? La esencia de la economía —de Peralta— corresponde a un pensamiento precapitalista. Es el de un estamento social que impone sus privilegios a la nación. Que no logra desarrollar el concepto de igualdad de oportunidades y de equidad de derechos ciudadanos:
“Si queremos disminuir precios –escribe-, debemos fijar salarios mínimos apuntando a inflaciones deseadas”.
Es decir, un índice inflacionario deseado prevalece sobre las necesidades humanas de la población (que deberán descuidarse con el fin de reducir precios). El salario, contradictoriamente, ya no dependería de la oferta y la demanda, sino, que su poder adquisitivo podría disminuirse a voluntad, con independencia de su productividad, con sólo que se fije, subjetivamente, un índice de inflación deseado (ante factores exógenos negativos).
“Salarios mínimos —dice Peralta— más allá de nuestras posibilidades económicas solo agravan esta situación”.
Así, las posibilidades económicas de un modelo oligárquico deben estancar, permanentemente, las oportunidades y las capacidades de los ciudadanos. La alternativa que Peralta ofrece es mayor miseria pragmática o muerte de la sociedad.
“Un salario —dice Peralta— más allá de nuestras realidades productivas actúa como un “muro” que impide acceder a un trabajo estable”.
Así, el desempleo, el atraso del modelo oligárquico, se convierte en argumento para reducir los bienes que el obrero puede adquirir con su salario.
Lo que Peralta aprenderá es que los obreros, en este sistema, son una mercancía, pero, con capacidad humana de lucha. Capaces de adquirir conciencia política. Con capacidad, entonces, de desarrollar las fuerzas productivas, y de construir una sociedad en sentido nacional, más humano.
El autor es ingeniero eléctrico.