No fue una decisión feliz invitar al presidente de Bolivia, Evo Morales, a visitar el Perú cuando el proceso de aplicación del fallo de La Haya está en curso. Con la audaz impertinencia que caracteriza a su gobierno, tan pronto como se dictó la sentencia comenzaron a especular sobre sus consecuencias y a fantasear con una peculiar teoría. Bolivia, dicen, habría sido favorecida por el solo hecho de que la Corte menciona como antecedente un argumento de Chile: que la respuesta peruana (1976) a la consulta formulada por Santiago, sobre las negociaciones en Charaña entre Pinochet y Banzer, implicaba consentimiento sobre el paralelo como límite marítimo en el sur, y que esa simple referencia al corredor soberano planteado en Charaña refuerza la demanda de Bolivia en La Haya (www.la-razon.com – La Paz, 9.2.2014).
El planteamiento es pueril (la Corte no avala el argumento), pero expresa una aguda desconsideración hacia el Perú, a quien Bolivia quisiera manipular como peón para presionar a Chile cada vez que lo estime necesario. Es consecuencia de una visión histórica que ignora el sacrificio peruano de 1879, cuando declaramos una guerra en su defensa. Y consecuencia, también, de calificar como “justa y legítima” su demanda de una salida soberana al mar, contradiciendo alegremente nuestra posición de invariable respeto a los tratados internacionales.
Con su demanda en La Haya, el gobierno de Morales pretende terminar la vecindad entre Perú y Chile. Sorprende que Bolivia no perciba la integración económica peruano-chilena y la estrecha interdependencia entre Tacna y Arica. Más de cinco millones de tránsitos se registran en esa frontera. Chile es la principal fuente de turismo al Perú: los casi 900 mil chilenos visitantes equivalen a más de la cuarta parte de los 3.5 millones de turistas que recibimos al año. Las cifras de comercio e inversión se incrementan constantemente como un indicador real de las ricas perspectivas de la relación peruano-chilena.
La transparencia y la consistencia son vitales en las relaciones de vecindad, especialmente cuando se dan entre países que han sido actores de una guerra y muestran heridas que no terminan de cicatrizar. En pocos días, el presidente de Perú acompañará a la señora Bachelet cuando sea investida como presidenta de Chile (antes de concluir la aplicación del fallo). Será una oportunidad única para sentar las bases de la relación entre ellos y sus gobiernos, y de conversar sobre el futuro de la relación entre los dos países. Y será ocasión para que ambos presidentes reiteren que el Tratado de 1929 y su Protocolo Complementario preside las relaciones entre Perú y Chile, para quienes el respeto a la palabra empeñada es el principio angular de su relación bilateral y de la que tienen con Bolivia. Son agendas nítidamente separadas, que deben ser identificadas y manejadas con transparencia y lealtad, porque la verdad y la franqueza son, también, el secreto de la amistad entre los Estados.
En cuanto a Venezuela, indigna la fuga emprendida por Venezuela para escapar de la Carta Democrática Interamericana —un acuerdo que la obliga— y de las instancias de la OEA encargadas de aplicarla. Su canciller visita los países que conforman la mayoría de Unasur para que reasuman el rol encubridor que protegió a Maduro en Lima cuando fue fraudulentamente elegido.
Los gobiernos dignos no deben permitir que los empujen al mismo matadero antidemocrático que avaló esa farsa. Sudamérica es responsable de la implantación del modelo chavista que burla la democracia y actúa como si el Estado de Derecho fuera un adorno prescindible. El voto amañado y frecuente convertido en trampolín para entronizar “democracias dictatoriales” mediante asambleas que cambian constituciones, abriendo la puerta a la reelección indefinida y al ocaso de la libertad y de la ley. Una ignominiosa corruptela que la región convalida con indolencia.
Dueños de la mayoría, Alba y Mercosur han impedido la convocatoria a los cancilleres de Unasur. Utilizan las cobardías que facilita el sistema del consenso para imponer también la decisión de avocar competencia en el caso de Venezuela y blindar a Maduro, inventando soluciones a la medida de sus necesidades. Así tratan de ganar la mano y bloquean a la OEA, aduciendo que es un instrumento del imperialismo para violar el principio de no intervención.
El Perú no puede prestarse a ese juego. La forma limpia de evitarlo —y de ser consecuentes con la política anunciada por el nuevo premier en La Hora N— es tener el valor de no aceptar la convocatoria de Unasur, porque favorecemos que la OEA defienda el derecho a la democracia, garantizando la aplicación de las normas y mecanismos establecidos en la Carta Democrática Interamericana aprobada en Lima. No hay lugar para medias tintas. ©FIRMAS PRESS.
El autor es diplomático y exvicecanciller peruano.
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