Las turbulencias de Venezuela han conducido a la pregunta sobre el futuro de la cooperación petrolera que ese país tiene con muchos países. Más específicamente, los periodistas y analistas se han preguntado sobre las consecuencias que la eventual interrupción del suministro petrolero venezolano, generosamente financiado, tendría para países como Nicaragua y Cuba que forman parte del proyecto político-ideológico del fallecido presidente Chávez, conocido como Alba (Alianza Bolivariana de los Pueblos de América).
En el caso de Nicaragua, el denominador común de las opiniones que se han vertido ha sido que dado el hecho que el gobierno de Ortega ha seguido al pie de la letra las políticas macroeconómicas de los “neoliberales” gobiernos anteriores, bajo estrecha supervisión del FMI, alguna consecuencia tendría, ajustes en la política económica serían necesarios, pero nadie prevé una situación dramática. La explicación es relativamente sencilla: como la mayor parte del generoso financiamiento venezolano de la mitad de la factura petrolera se ha manejado como caja chica del círculo de gobierno, y no ha formado parte del presupuesto, alguna presión sobre la balanza de pagos habría al tener que pagar el ciento por ciento de la factura, pero quien fundamentalmente se quedaría sin recursos son algunos de los negocios privados y programas que el círculo gobernante maneja en el marco del culto personal-partidario a Ortega. Claro, si tratan de meter esos programas en el presupuesto, tensiones importantes habrán, como las que ha puesto el “bono solidario”, bien merecido reajuste salarial de los empleados públicos que menos ganan, que siempre debería haber formado parte del presupuesto.
En el sentido de desdramatizar la eventual interrupción del financiamiento petrolero venezolano, se ha expresado reiterada y correctamente José Adán Aguerri, presidente del Cosep. Sin embargo, en una entrevista en CNN en español, de amplísima audiencia, José Adán dijo algo difícil de digerir. Interrogado sobre la situación de Venezuela y las eventuales consecuencias en Nicaragua, dijo que los problemas de Venezuela provenían de la intervención de la clase política en el mercado. Y agregó, casi textualmente, que afortunadamente en Nicaragua esa intervención de la clase política en el mercado no se está dando.
Cierto. Como Ortega aprendió algunas de las lecciones de los ochenta, en Nicaragua, a diferencia de Venezuela, no hay control de cambios, ni despilfarro de las reservas internacionales, ni intervención generalizada en el funcionamiento de las empresas. Pero de ahí a dar a entender, como si políticamente Ortega no fuese tan autoritario como Maduro, que cuando bajo el modelo de gobierno corporativista de “diálogo y consenso” los dirigentes del sector privado al conversar y negociar con Ortega o sus asesores, no buscan atemperar la intervención de la clase política en la economía de mercado, o amortiguar los frecuentes conflictos de intereses entre gobernantes que a la vez son empresarios que juegan con los dados cargados, es perder la temperancia y balance analítico que caracteriza al presidente del Cosep.
Casi en los mismos días, el expresidente de Brasil, Fernando Henrique Cardoso, quien inició el círculo virtuoso de crecimiento económico de su país, hablando del caso relativamente semejante de confusión entre Estado e intereses empresariales en Brasil, dijo: “Yo siempre dije que lo que importa es que haya reglas de mercado, no negocios. Negocios no es algo que el gobierno tenga que hacer”. Menos, desde luego, quienes están a cargo del gobierno, como ocurre en Nicaragua. El autor fue candidato a vicepresidente de Nicaragua.
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