JOAQUÍN ABSALÓN PASTORA
Erika Lorenz, autora del ensayo Bajo el divino Imperio de la Música, reitera a través de una diáfana investigación la influencia que el arte sonoro tuvo en los versos del poeta, hacedor de eufonías latentes en la búsqueda extraordinaria “de transformar a la lengua española en un cuerpo apto para expresar todas las vibraciones anímicas”, señalado por Erwing Mapes.
En 1907 nace un anticipo de su intento cuando entreteje los hilos de su inspiración: “He querido ir hacia el porvenir, siempre bajo el divino imperio de la música”. Es aludido con esa confesión, el esplendor en la maestría de la nueva creación. La cultura y conocimiento profundo de la poesía dariana, brilla con centelleos propios en su análisis traído al castellano por Fidel Coloma. Los poemas expuestos están minuciosamente seleccionados, determinados con la muestra de su métrica, de un ritmo diverso, de un matiz propio.
Rubén en la atmósfera donde la música se lee, se escucha, se marcha La Marcha Triunfal”, se danza, se declama. Músico de la poesía y poeta de la música. El estudio penetra en el alma de la solfa, escudriña el fondo para ver de dónde nace el procedimiento para exprimir ritmo, armonía y melodía. Los cantos nadan en las aguas de la adolescencia. Canto épico, El Canto Errante, Cantos a la Argentina, Baladas y Canciones.
Erika descubre una íntima coherencia entre los nocturnos darianos y Chopin. Rubén el poeta de las letras, Federico el poeta del piano. Siguen Beethoven en Peregrinaciones, Schubert a quien siente en Prosas profanas titula con nombres de la música absoluta: Sinfonía en gris mayor, Sonata, Sonatina, wagneriano en la deducción inobjetable de Marasso, sitúa enorme a Wagner en Los Raros ante Verlaine. Brilla la verbosidad rítmica en el entramado total de la conmemoración.
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