Los costos de la ignorancia son terribles. Y más cuando la padecen jefes de Estado. Un caso concreto lo ilustra Venezuela. Su riqueza petrolera podría hacerla una de las naciones más prósperas de la tierra, como lo es Noruega, con similares niveles de exportación. Sin embargo hoy es un país plagado por una crisis económica y social generalizada sin precedentes.
La única razón es el desconocimiento alarmante que Maduro y sus colaboradores tienen sobre las nociones elementales de economía; aquellas que se aprenden en los cursos de Economía 101, o introductorios. No hay ninguna otra; ni el agotamiento de recursos, ni malos precios internacionales, ni cosas por el estilo.
Maduro, por ejemplo, cree que los precios no son simples indicadores de la demanda de un producto relativa a su oferta, sino resultado de la codicia. Entonces, en lugar de bajar los precios, aumentando el suministro de esos bienes, crea una burocracia estatal para determinar los “precios justos”, con la consecuencia de que cuando estos son inferiores a los del mercado, los bienes desaparecen de los anaqueles y luego los productores pierden interés en producirlos, o los importadores en importarlos.
Algo similar ocurre con su disparatado concepto de “ganancias justas”. Como toda idea populista, suena bien, pero arruina. Salvo en el caso de los monopolios, las ganancias muy altas en determinada actividad son señal de su intensa demanda. Esto atrae a muchos a suplirla, lo que permite bajar en forma natural los precios. En cambio, si todo el mundo tiene un límite del 30 por ciento, se pierde el incentivo de invertir en actividades de mayor rentabilidad, que es hacia donde conviene que fluyan los recursos.
Ignorante de las leyes económicas, Maduro y sus colaboradores han prescrito para su país medidas que parecen aprendidas de un curso diseñado para producir pobreza. Con lecciones como estas: aplique controles de cambios, precios y ganancias; hostigue al sector privado, confíe las mayores empresas a una burocracia politizada y corrupta, y no utilice las recaudaciones estatales para fomentar actividades productivas sino para regalías.
Es tal la eficacia de estas recetas, típicas del ideario estatista, que Michael Novak, parafraseando a Milton Friedman, decía que si algún día el socialismo gobernara el desierto del Sahara, terminaría racionando la arena. Maduro no ha logrado aún la hazaña de racionar la gasolina, pero va por ese camino.
Es trágica esta ignorancia. La desgracia de Venezuela, y de tantos otros países latinoamericanos es, precisamente, la gran cantidad de universitarios, intelectuales y políticos que, carentes de la más elemental cultura económica, ignoran lo que Adam Smith probó desde 1776 y que la historia moderna ha corroborado: que nada hace funcionar mejor la economía que la libertad entre los particulares: libertad de cambio, de contratación, de producir y de transar.
Las naciones más ricas, y con menos pobres, son invariablemente aquellas donde los ciudadanos gozan de los más amplios márgenes de libertad para conducir sus negocios y relacionarse entre ellos. Por el contrario, las más pobres del planeta son aquellas donde estados intervencionistas dictan a los particulares qué hacer, qué producir y a cuánto vender.
En los años ochenta Nicaragua sufrió la peor debacle económica de su historia. No la causó tanto la guerra como la ceguera económica de sus comandantes. Al final, afortunadamente, aprendieron Economía 101 pero a un costo terrible para su pueblo. Ojalá que los venezolanos no tengan que pagar una factura o colegiatura tan alta para el aprendizaje de sus líderes. Si a estas alturas no han aprendido la lección, hay que echarlos. El autor es sociólogo, fue ministro de Educación.
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A