Pocos países antes ocupados por el imperio hispánico y hoy Estados soberanos, se pueden dar el lujo de tener entre sus más ilustres hijos a un Bolívar, Sucre o un don Francisco de Miranda, personajes iluminados que alumbraron el camino salvador que los liberó del yugo colonial del siglo XIX. Millones de venezolanos, bolivianos, colombianos, fueron los privilegiados de las hazañas de estos pro-hombres.
Pero en la actualidad Venezuela mal vive uno de los períodos más trágicos de su historia. De nuevo ese noble pueblo ve matizada su vida cotidiana por persecuciones, violencia, privaciones y cárceles. Nuevos amos han ocupado su territorio y trasladado desde la noble Cuba el sistema, los métodos, y las tácticas de una nueva ocupación foránea, el Chávez bolivariano entregó su país a los Castro y sus avanzadas. La invasión cubana se calcula entre cincuenta y setenta mil isleños, ocupando y dominando todos los órganos del poder andino.
El señor Chávez, a sabiendas del diagnóstico de sus médicos cubanos, con un carcinoma, cáncer mortal, ya estaba terminando con su vida. Al mejor estilo monárquico de las dinastías europeas, el coronel designó y nombró sucesor a Nicolás Maduro, su antiguo conductor y persona de entera confianza, y al exteniente Diosdado Cabello, un poder detrás del trono como el nuevo presidente del Congreso Nacional de Venezuela.
El rey había nombrado a sus dos hijos, a quienes había educado personalmente. Una “piñata” de lujo, con mucho que repartir, aunque con muy limitados invitados, los hermanos Castro y algunos escogidos de la élite revolucionaria.
Después del reconocido liderazgo de Henrique Capriles, aflora un nuevo líder, Leopoldo López, universitario, orador nato, a la cabeza de la juventud. Parece que ambos concuerdan sus actividades y respetan sus campos de acción. Movilizan las universidades, briosos chavalos y chavalas salen a las calles y se las toman, la segunda parte de la fiesta comienza, el Maduro inexperto, político de escuela primaria, mal orador, lanza a la llamada Guardia Nacional Bolivariana, y no se espera los resultados, golpeados, heridos, sangre en el pavimento, violencia y muerte. El banquete está servido.
Surgen los “adornos” tan característicos en las dictaduras, llega la inflación, la más alta de América Latina con dígitos casi del cuarenta por ciento, debuta un feroz mercado negro, estantes vacíos en los supermercados, cero pasta de diente y papel sanitario, el Gobierno restringe los dólares, hasta el vino de consagrar falta en las iglesias, más de setenta periódicos claman por divisas e importar su papel, el Gobierno no afloja los dólares imperialistas. El 96 por ciento de las divisas proviene del petróleo. El diario El Universal publica que el Gobierno no puede darse el lujo de regalar su primer producto nacional, el petróleo, o venderlo a precios financiados como sucede con los 100,000 barriles diarios que Cuba recibe equivalente a diez millones de dólares al día. Se riega la noticia de que Venezuela, el segundo productor en el mundo, compra el petróleo a Brasil para su propio consumo.
Toda una tragedia con formato chavista, las calles ocupadas con decenas de miles, el número de crímenes del bajo mundo ya pasan los 30,000 muertos al año, el más alto del continente. Una especie de Ucrania, de Siria, o quizás como el Líbano, violencia genera violencia.
El presente es grave, con un alegre gobernante que jura conversar con los pajaritos y recibir instrucciones del coronel fallecido, donde sus pupilas ven al jefe multiplicado en el Palacio Miraflores, donde quiera que mueva su mirada. La patología de Maduro supera al cerebro más enfermizo que se haya conocido.
El autor es diplomático retirado.
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