Éramos una villa montañosa, escondida entre la niebla y rodeada de pinares. Por ley del 5 de abril de 1851, siendo jefe de Estado don Justo Abaunza, se le confiere el título de Villa a Jinotega. Por ley del 11 de febrero de 1883, siendo presidente Joaquín Zavala, se le confiere a Jinotega el título de Ciudad.
Celebrar de forma oficial un aniversario más de Jinotega implica recordar quiénes éramos, memorar los hechos y acontecimientos que han marcado la historia. Tal vez por apatía no hemos comprendido que todos somos sujetos de la historia y que, por ende, tenemos un papel protagónico en la vida de nuestras ciudades. Grecia, esa civilización fascinante, comprendió que la ciudad no es únicamente el centro político, económico, religioso y cultural, sino un ideal de vida, la forma más perfecta de sociedad civil.
Vemos naufragar nuestras tradiciones y costumbres ante una estructura social cada vez más infrahumana. Aquellos edificios viejos, aquellas construcciones tradicionales de adobe y taquezal con techos de tejas de barro, van desapareciendo. Lo que creíamos patrimonio cultural es solo la memoria oral que divaga en nuestros padres y abuelos y, por supuesto, en los ya amarillentos y apolillados libros de historia. Jinotega, en sus 131 años como ciudad, no tiene patrimonio cultural, pues en concreto no existe ninguna ordenanza municipal que establezca qué es y cuál es nuestro patrimonio. Parte de este patrimonio podrían ser, por ejemplo, la obra de Alfredo Alegría, que casi nadie conoce; la imagen de la Sangre de Cristo que está en el Llano de la Tejera, la imagen más antigua de Jinotega; o la ya histórica Farmacia Castellón; la misma cerámica negra; patentizar nuestra música. En fin… Jinotega no cuenta con ninguna política pública orientada a su desarrollo cultural.
Hay que repesar nuestra ciudad, ese pueblo pequeño en que nacimos, con una reflexión concienzuda sobre nuestra apatía ciudadana. Es necesario adquirir un compromiso ético y profesional y romper la actitud pasiva y conformista que hemos tenido en tantos años. Y, por supuesto, esto no excluye ni exime a los líderes de la Iglesia católica, que también han abusado de su poder, aún en la actualidad. En pleno siglo XXI existen sujetos retrógrados, que tratando de detener la rueda del tiempo se obcecan en mantener inactivo el reloj de Catedral, que es otro patrimonio local, que fue financiado con las limosnas que recogió el padre Rubén Baltodano en los años cincuenta del siglo pasado. Ese reloj, una verdadera y costosa joya de la precisión relojera alemana, está allí, abandonado, inactivo, inservible, por el simple capricho de quien se resiste a reconocerle su valor. Hace falta visión y respeto a lo que por derecho le pertenece a los jinoteganos y no a un religioso.
Hay que pensar en que la unidad de los jinoteganos en medio de nuestra diversidad económica, política religiosa y social, se hace justa y necesaria. Si bien la ciudad y, de manera específica, el municipio, tiene una dinámica, se hace determinante aprovechar las oportunidades y asumir los retos que conlleven al desarrollo local y, por tanto, humano. Es una apuesta difícil por la relación de Estado-sociedad, donde los niveles de democracia y participación se han politizado en su totalidad. Pero no todo está perdido: tenemos la tarea de formar nuestras propias acciones, de tal manera que nos permitan intervenir integralmente en los problemas de nuestra ciudad, sin perder de vista el desarrollo cultural que tanto hace falta en Jinotega. Vamos escribiendo el diario de nuestra historia, podemos cambiar su rumbo. El autor es maestro y ensayista jinotegano.
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