Kriguer Artola Narváez

De la antigua Grecia a la NSA

Desde los tiempos de la antigua Grecia, el espionaje ha sido una parte indisoluble de la humanidad. Saber qué hacía el enemigo suponía una gran ventaja en el campo de batallas y decantar el peso de la balanza a favor de unos y en contra de otros. Quizá la referencia más antigua que tengamos sobre espionaje la encontremos en la mitología griega, cuando Prometeo roba el fuego de los dioses del Olimpo para entregárselo a la humanidad. En la Biblia, el libro de Números 13:1-13 encontramos a modo de testimonio escrito y de manera explícita la utilización de espías, cuando Dios ordenó a Moisés enviar doce hombres que espiaran la tierra de Canaán e informaran de las características de la tierra y de los pueblos que la habitaban, si eran fuertes o débiles.

Los romanos encriptaban mensajes que enviaban a lo largo y ancho del territorio, con información que de ser interceptada por los enemigos del imperio no habría modo de descifrarlo. Solo el emisor y el destinatario podían comprender el mensaje mediante un código previamente establecido de interpretación. Una estrategia de gran utilidad para evadir espías. Quien en el momento de la historia ostentaba el poder de los grandes imperios o ejércitos, era consciente que para conquistar y ganar batallas era crucial la obtención de información del enemigo, saber su posición, los recursos humanos y armamento con los que contaba, para ello el espía a modo de explorador informaba de las características de la ciudad o se infiltraba como mercader para saber sobre los asuntos políticos, sociales y religiosos de la ciudad, más importante aun era la información militar que se pudiese obtener. La figura del espía resultó crucial a la hora de ganar las batallas.

Una manera más refinada de espionaje la realizaban los embajadores que los imperios romanos, griegos, persas, egipcios y babilonios mandaban a los reinos rivales, con el fin de tener a alguien cerca de los asuntos de la administración, capaz de obtener información.

A pesar del peligro que encierra, el espionaje no es un asunto exclusivamente de los hombres. La historia nos revela que los escándalos de espionaje más conocido han tenido como protagonista a una mujer, desde Dalila, quien fuera enviada a conocer el punto débil de Sansón hasta Krystyna Skarbek, Mata Hari, Josephine Baker, Gabriela Gast, todas mujeres marcadas por los cánones comunes de la belleza, inteligencia y valentía, que cambiaron el rumbo de la historia en su momento.

En el siglo XXI los métodos han cambiado, pero los intereses son los mismos. Con la llegada de la tecnología el espionaje pasó de sustentarse en trabajos de exploración y capacidad de descifrar mensajes a la intervención de teléfonos celulares, satélites espías, cibervigilancia, robo de prototipos industriales, hackeo de correos electrónicos y redes sociales, obligando así a replantear un nuevo concepto de espía y espionaje, pues no en todos los casos se requiere de una persona, basta con instalar un software malicioso en el ordenador o celular móvil de una persona para obtener información sensible que será enviada a alguien que no debe tener acceso a ella.

Desde la mitología griega, pasando por el “inocente” stalkeo que a diario hacemos en perfiles ajenos, hasta el espionaje invasivo, indiscriminado y arbitrario de la NSA, el espionaje es una realidad que se perfecciona y se convierte en amenaza para nuestros derechos civiles con daños irreparables en la privacidad. Pareciera ser el axioma de nuestras sociedades “que quien no espía más es porque no tiene manera de hacerlo”. El autor es exJuez Suplente Juzgado Distrito Penal de Juicio de Rivas. Máster en criminología por la universidad de Cádiz, España.

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