León Núñez
Yo no soy opositor, como dice Manuel Guillén. Tampoco soy gobiernista. Desde hace doce años no milito ni colaboro con ningún partido ni movimiento político. Lo he dicho siempre. Soy libre pensador. Por esta razón nunca di mi pescueciadita en el PLC. Soy independiente, y escribo y publico mis reflexiones sin ningún interés personal, pues ni aspiro a volver a ser funcionario público —con ningún ¡miau! busco la “leche presupuestaria”— ni he tenido ni tengo negocios con gobierno alguno.
Desde esta perspectiva, y ya que don Manuel toca el tema de la oposición, y sin buscar aparentar que soy “un poco más opositor de lo que soy”, voy a exponer unas breves consideraciones sobre nuestra “oposición política”.
Es evidente, que todo lo que ha hecho la “oposición política” desde hace más de siete años ha sido inspirado en el Taller Cajina. Porque es precisamente en el Taller Cajina donde la “oposición” diseña la política del bla, bla, bla, bla…, donde la “oposición” redacta los consabidos comunicados políticos y donde la “oposición” organiza el entretenimiento lúdico de las raquíticas manifestaciones callejeras.
Para nadie es un secreto que las manifestaciones que más le gustan a Daniel son las manifestaciones de la Semana Santa —las procesiones— y las manifestaciones organizadas por el Taller Cajina. La verdad es que a Daniel le fascina todo lo que se hace en el Taller Cajina. En Acoyapa se dice que a Manuel Guillén también le encanta ese taller, porque se piensa que cada “Azote” pareciera ser “uno más del Taller Cajina”.
En el 2013 Daniel estuvo feliz con las manifestaciones que se produjeron contra las reformas constitucionales porque cada manifestación no pasó de ser “una más del Taller Cajina”; cada discurso fue “uno más del Taller Cajina” y cada declaración no fue otra cosa que “una más del Taller Cajina”.
Es más, hasta la “Unidad por la República”, creada con tanto bombo y platillo, fue “una más del Taller Cajina”. Debo confesar que tuve la impresión, cuando escuchaba los vibrantes discursos de sus principales dirigentes, de que estos hablaban bajo la influencia etílica de unos buenos “cajinazos”.
No hay duda que los “dirigentes opositores” son los que han dado a Daniel el don de la ubicuidad política, pues Ortega está en todas partes: en el Consejo Supremo Electoral, en la Asamblea Nacional, en el poder judicial, en la Contraloría, en la Fiscalía General de la República, en el Ejército, en la Policía, etc., etc.
Aun cuando Daniel está aplazado en materia de institucionalidad, la permanencia política de los actuales “dirigentes opositores” y la aceptable política social y económica que ha llevado a cabo el Gobierno me conduce a la completa seguridad de que Daniel Ortega entregará el poder hasta que estire los tenis. Este es un axioma político.
Y para que Daniel Ortega estire los tenis faltan veintinueve años, pues cree que va a morir a la edad de 97 años —lo que yo no descarto— que es la edad que tenía su madre doña Lidia Saavedra de Ortega cuando murió. Y esto no lo digo yo, el propio Daniel se lo manifestó hace como cinco años al periodista estadounidense David Frost: le dijo que iba a morir en el poder.
Pero para que en Nicaragua haya una oposición política, naturalmente pacífica y eficaz, que lógicamente obligue a Daniel a respetar la institucionalidad democrática, los “dirigentes políticos opositores” mayores de 50 años deben retirarse; deben retirarse por el bien de este país; deben comprender que no han servido ni sirven para nada, y que sus “vivezas” y “vivianadas” históricas están perjudicando el desarrollo democrático de Nicaragua. Para que haya oposición —actualmente no existe— esos dirigentes mal llamados opositores deben ser sustituidos por personas menores de 50 años.
Yo creo que si se empieza a actuar bajo el liderazgo de gente joven o relativamente joven —menores de 50 años— la minúscula e ineficaz “oposición política” de Nicaragua saldrá del merecido desprestigio en que se encuentra, y ya libre del Taller Cajina podrá crecer y asumir la tarea de defender con dignidad “antinumismática” la vigencia del Estado democrático de derecho: límite y cauce del poder político. El autor es abogado.