El título extraoficial de primera dama fue usado originalmente en los EE. UU., después de 1789, para referirse a Martha Washington durante la presidencia de su marido George Washington. Posteriormente, ese tratamiento se usó de manera esporádica en referencia a las esposas de los presidentes estadounidenses o las parientes de estos, quienes actuaban como anfitrionas, en los casos de gobernantes viudos o solteros. Fue hasta 1877 que esa cortesía se empleó en un discurso para referirse a la esposa del presidente Rutherford Hayes. Y en 1886, ese título se comenzó a usar con regularidad.
Antes de 1860 las primeras damas estadounidenses desempeñaban una función ceremonial, atendiendo en recepciones públicas y a visitantes privados. A partir de ese año, ellas empezaron a asumir —más abiertamente— responsabilidades políticas. Con ello nació un escrutinio periodístico intenso sobre sus actividades.
Con el tiempo, las primeras damas se han visto involucradas —incrementalmente— con los eventos más importantes de interés social: sufragio de la mujer, promoción de legislación federal, estímulo de activismo político y empoderamiento económico de las mujeres, protección ambiental, derechos civiles, reformas sanitarias, etc. Invariablemente esta obligación demandante y de tiempo completo ha sido ejercida sin compensación salarial alguna.
Es innegable que esta ascendencia política de las esposas de los mandatarios les permite ejercer su propio dominio e influenciar a sus poderosos maridos. Por años esto ha provocado el debate sobre los alcances de dicha autoridad. Con todo y todo, hay quienes lo observan desde un ángulo más promisorio. El caso de Nancy Reagan, cónyuge del presidente Ronald Reagan, y su intención de velar por la calidad de la posición de su esposo ante los ojos de la historia es conocido como el “Factor Nancy”; basado en la obra de un consejero presidencial de la universidad de Harvard, en la que argumenta que un presidente puede sumergirse en problemas, en la ausencia de tal factor. Esa actitud la pudimos apreciar en Nicaragua con la primera dama doña Lila T. Abaunza de Bolaños (2002-2007). Ella también comprendía que es la visión a largo plazo lo que cuenta.
Obviamente, ese título de primera dama fue transferido a muchas partes del mundo, incluyendo Nicaragua. Así, cada dictador en nuestro país ha presidido el ejecutivo con su celebrada consorte. Pero, en general, las funciones de estas son totalmente diferentes a las ejercidas en las democracias occidentales. Por supuesto que la posición de estas señoras, en las dictaduras, también ha evolucionado a través de los años. Aunque en la mayoría de los casos estas usualmente atractivas, sofisticadas, educadas, políglotas, glamorosas mujeres sirven como un instrumento en las estrategias de relaciones públicas para ablandar la imagen del dictador y la brutalidad de su régimen, con el tiempo se han ido convirtiendo en participantes completas de la administración dictatorial. Ellas son las principales consejeras del dictador y las administradoras de las instituciones más coercitivas de los Estados.
En todo caso, la esposa del dictador contribuye de gran manera a la cultura del caudillismo, ya que como madre logra transmitir cierta imagen de benevolencia, de humanidad, y hasta cierta seducción emocional. Paradójicamente, entre más compenetradas están en el poder son más efectivas en cautivar a los miembros de partidos opositores, las elites económicas y las fuerzas armadas y de seguridad.
Damas o no damas, a todas luces, estas primeras figuras —en el mundo de las dictaduras— son una fuerza fundamental para rendirnos impotentes en nuestros esfuerzos de contender contra la omnipotencia del dictador. El autor es Economista y escritor.
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