Adolfo Bonilla

Democracia o totalitarismo

Motivado por un artículo similar, publicado anteriormente en estas páginas, escribo esta vez algunos conceptos sobre alguien que también se encuentra en esa escala de valores que honrarían la primera magistratura del país, como decir el doctor Alejandro Serrano Caldera, jurista, filósofo y músico (por mencionar algunos atributos), cuyo currículum es de sobra conocido y suficiente como para darle un nuevo rumbo al destino de la nación.

Si eso sucediera, Nicaragua se daría el lujo de tener un presidente filósofo y este país entraría a la civilización moderna, dejando en el pasado la era de los machetones y sargentones.

Serrano Caldera tiene en su haber la publicación de cuatro volúmenes monumentales de sus escritos con el título de Obras (y un quinto pronto a publicarse), que abarcan una serie de temas de filosofía, política y educación (entre otros).

El doctor Serrano, además de impartir cátedra y dictar conferencias en varios países del mundo, ha desempeñado varios cargos conspicuos, como decir rector de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, presidente de la Corte Suprema de Justicia y embajador.

Hago esta breve reseña personal no con el ánimo de postularlo para ninguna función pública, sino para recordarle al pueblo que en esta patria —vejada tantas veces y de tantas formas— existe una amplia reserva de personajes que podrían enaltecer en el futuro el manejo de las cosas del Estado.

Es más, este llamado de atención lleva el propósito de hacer notar la diferencia entre las personas empeñadas en impulsar un Estado democrático y las que propulsan un régimen autoritario. Dirigentes lúcidos y no caudillos que se entronizan con propósitos de perpetuarse en el poder.

En este sentido, habría que resaltar que Alejandro Serrano (igual que una pléyade de reconocidas figuras notables) no ha asesinado a nadie ni ha mandado a matar a nadie, ni ha asaltado bancos, ni ha saqueado el erario, ni se ha “piñateado” nada, ni se ha aliado con nadie para delinquir en contra del pueblo nicaragüense.

La población en general está tan habituada a soportar en el Gobierno a individuos de no tan diáfana trayectoria, que se olvida que los que detentan el poder se convierten en ejemplo del resto de la ciudadanía.

Por eso es urgente colocar en las altas esferas de la administración pública a personas que no solo infundan confianza y credibilidad en el resto de conciudadanos, sino que inspiren a los demás a imitar actos correctos, justos y ecuánimes, que se conviertan en paradigmas positivos de libertad, democracia y Estado de derecho, a fin de empezar en verdad a elaborar planes viables y concretos de desarrollo personal y colectivo que conduzcan a la prosperidad y al bienestar de todos los miembros de la sociedad nicaragüense.

No obstante, no se trata solo de elucubrar en la llanura, sino de invitar a la reflexión de la ciudadanía consciente y honesta sobre lo que significan la libertad y la democracia en términos tangibles para el individuo y para el país.

En un régimen como el actual —cuyo objetivo final es el totalitarismo— los derechos individuales se irán conculcando hasta que todos los ciudadanos queden encerrados en una especie de jaula inmensa donde los cuidadores del zoológico humano serán los que decidan sobre todas las facetas de la vida de los enjaulados. Los ciudadanos aceptan o emigran… O se rebelan, pero todos en conjunto, no en forma separada. El autor fue sindicalista cristiano.


COMENTARIOS

  1. analfabeto
    Hace 13 años

    No se necesita de una jaula inmensa. Se necesita de una aula inmensa, en donde quepa toda Nicaragua.

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