En su historia de 2,000 años, el catolicismo ha vivido grandes triunfos, pero también grandes crisis como el cisma que sufrió durante la reforma protestante iniciada por Martín Lutero en el siglo XVI.
Ahora el catolicismo enfrenta otra gran crisis provocada por el asalto en contra de la religión del mundo moderno, con su énfasis en el materialismo y la gratificación instantánea. Pero la Iglesia también, adolece de problemas internos como el abuso sexual de menores por parte de algunos sacerdotes; corrupción en algunas de sus instituciones como el Instituto para las Obras Religiosas (conocido como el Banco del Vaticano); y luchas mezquinas por el poder en la propia curia del Vaticano.
Estos factores, sumado a cuestionamientos sinceros que algunos activistas dentro la propia Iglesia han hecho a temas —como el celibato del clero y la ordenación de mujeres— han resultado en un enfriamiento entre los católicos laicos en países del primer mundo y en una pérdida de espacios en Latinoamérica, y especialmente en Centroamérica. Alrededor del mundo, el número de feligreses activos y de vocaciones religiosas ha caído y la reputación de la Iglesia ha sufrido. En resumidas cuentas, la Iglesia católica está viviendo una crisis de relevancia. Se especula que estos desafíos contribuyeron a la jubilación de Benedicto XVI, y los heredó el papa Francisco.
En los primeros meses de su pontificado, Francisco le ha dado una fuerte inyección de adrenalina a la Iglesia. Gracias a su carisma y sencillez, se ha convertido en una súper estrella mundial. Pero las preguntas del momento son ¿Quo Vadis Francisce? o ¿dónde vas Francisco? Y ¿hacia dónde encauzará a nuestra Iglesia?
Su actuar hasta la fecha nos da ciertas pistas que nos permiten vislumbrar algunas de las respuestas a estas preguntas. Por ejemplo, es evidente que el papa Bergoglio será un campeón de los pobres e impulsará una Iglesia pobre al servicio de ellos. Esto lo vimos cuando optó por vivir en una habitación modesta en Santa Marta, una residencia para visitantes al Vaticano, en lugar del apartamento papal. También se manifestó cuando destituyó al obispo de Limburg por haberse construido una mansión multimillonaria.
Por sus críticas al “capitalismo desbocado”, algunos piensan que Francisco es un adepto a la teología de liberación. Están equivocados. A mi criterio, su preocupación por los pobres nace de su propia cuna humilde y de la rica tradición social de la Iglesia comenzando con la encíclica Rerum Novarum del papa León XIII en 1891. Pero el primer papa jesuita también fundamenta su compromiso para con los pobres en la enseñanza de la Compañía de Jesús, que pregona que la fe debe de promover a la justicia social y que la Compañía debe de formar hombres y mujeres para otros.
Bergoglio también tiene otros temas en su agenda. Por ejemplo, tiene una política de cero tolerancia para los abusos sexuales del clero y está empecinado en poner orden en la Curia romana al renovarla y al introducir transparencia en el “banco del Vaticano”. Y al nombrar a ocho cardenales, siete de los cuales no viven en Roma, como sus consejeros especiales, está buscando un mayor equilibrio entre el “establishment” romano y la Iglesia del mundo real.
En cuanto a cambios en otros temas más espinosos —como el celibato de los curas, la ordenación de mujeres y el uso de contraceptivos— pienso que Francisco, quien se ha autodescrito como un “hijo de la Iglesia”, será más cauteloso. Pero allí también hemos visto importantes cambios de estilo. En cuanto al celibato de los curas, por ejemplo, Bergoglio ha afirmado que esta es una norma dictada por disciplina y no por doctrina. Y en cuanto a la homosexualidad, sorprendió al mundo al decir en una conferencia de prensa que, “si una persona es gay y busca a Dios ¿quién soy yo para juzgarlo?”
Por su conducta, me atrevo a pensar que Francisco no ve a las cosas en términos absolutos, o solo blancos o negros. Este concepto, por cierto, lo aclaró recientemente el cardenal arzobispo de Tegucigalpa, monseñor Rodríguez, quien es coordinador del grupo de cardenales que son asesores especiales del santo padre. Y, añado yo, tampoco es la teología solo blanca o negra.
Pensándolo bien, Francisco es un hombre que se inspira en el Señor que salvó la vida de la mujer adúltera de lapidación al decir que “aquel que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. También se inspira en el Señor que calló a sus propios discípulos cuando se enojaron porque dejó que María Magdalena se acercase a Él y porque aceptó una invitación a comer en la casa de San Mateo, un odiado recaudador de impuestos y otros pecadores. En esa comida, Jesús le contestó a sus críticos, “los que están buenos no necesitan de médico, sino los que están enfermos”.
¿Irá el papa Bergoglio más allá de cambios de estilo y abordará polémicos temas de substancia? Dos acciones de Francisco me hacen pensar que sí. La primera fue su decisión de canonizar a dos grandes predecesores suyos simultáneamente en abril. El primero, Juan XXIII, promulgó el aggiornamento o modernización de la Iglesia a través del Segundo Concilio Vaticano. Y el otro Juan Pablo II, cuyo papado coincidió en gran medida con la reacción conservadora al Concilio. La segunda acción fue su reciente nombramiento de Loris Capovilla, un anciano de 98 años que fue el secretario privado de Juan XXIII, como cardenal emérito. Mi interpretación de ambos gestos es que Francisco está señalando que quiere buscar una síntesis entre la apertura al modernismo de los años sesenta del siglo pasado y la reacción a ella. Francisco tratará, pienso yo, de tender un puente entre la Iglesia y el mundo actual, con sus tremendas transformaciones culturales y religiosas. ¡Qué apropiado que así fuese! ya que Bergoglio es el santo pontífice de la Iglesia. Y no olvidemos que pontífice es derivado de la palabra en latín que quiere decir constructor de puente.
El autor fue embajador de Nicaragua en Estados Unidos.
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