Carlos Cerda
Se iba y regresaba por otro camino porque imaginaba las consecuencias de transitar la esquina sagrada. Salía del edificio, de aquella ciudad populosa, para almorzar a las doce en punto. Iba cuerdo y regresaba muy cuerdo, como le decían sus compañeros. Aunque estar loco o no, va más por intuición que por un diagnóstico médico u opinión de las mayorías.
Desde las seis de la mañana la esquina sagrada, así la llamaban por aquellos días, era el sitio de encuentro de los locos fumadores de hierba que hacía ver todo más lentamente.
Las locuras terminaban cerca de las cinco o seis de la tarde. Ese día nuestro personaje vestía traje, saco y pantalón gris con corbata turquesa. En su ida, se desvió de la esquina sagrada, como siempre lo hacía, caminó un poco más y tomó un atajo para llegar más rápido al comedor “Métela y Sácala”, en su ruta tenía la conciencia o, más bien, la opinión de que lo que se consumía en esa esquina no iba con su discurso o estatus, racionalmente lo censuraba y se compadecía de los consumidores de la hierba mágica.
Almorzó cocido, o sopa como le llaman en otros lados. Terminó. Y partió. Su razón lo inducía al atajo. Pero alguna fuerza desconocida lo instaba a la esquina sagrada, como un imán o una amada cuyo atractivo le decía ¡ven a tu esquina sagrada! Te cubriré todo tu rostro, tu cuero y penetraré profundamente en tus pulmones. La esquina que te regalará ese viaje que habitualmente deseas y que te permitirá visitar esa dimensión que tanto has anhelado, porque ese humo es tu vida, tu compañía y tu historia.
Ese día el sol estaba más presente que en otras ocasiones, y el humo acompañado de la alta temperatura provocaba una situación desconocida en los transeúntes. Nuestro personaje, con actitud dudosa, se dirigió a la esquina sagrada y, sin que se diera cuenta, el humo entró en sus pulmones, pero en mayor medida, en su cerebro.
A medida que el humo hacía su efecto, nuestro personaje viajaba a otra dimensión. El tiempo se dilató. Todo se hizo más lento, el pensamiento, los movimientos, y la risa se hizo presente. Nuestro personaje comenzó a reír intensamente sin motivo aparente alguno.
Cruzó la calle, aflojó su corbata, se despojó del saco y saludaba a todo el mundo: ¡Hola Ministerio de Finanzas!, ¡hola paloma blanca!, ¡hola hormiga! A la señora de cuerpo abultado, que vendía no se qué cosas en el contorno de la calle, la vio bellísima y nuestro personaje le dijo: ¡Hola mi bella gatita que ronronea! Seguido un ¡Muuuaaa! Todos los observadores de nuestro personaje, después de un brevísimo silencio, soltaron las carcajadas a diestra y siniestra. Él se aproximaba poco a poco a su oficina, una entidad llena de burocracia, rito y toda clase de solemnidades inútiles. Ingresó al edificio y
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